5/11/2026

2 Corintios 12:4: οὐκ ἐξὸν ἀνθρώπῳ λαλῆσαι — Secreto iniciático, cultos de misterio y el colapso de la comparación con los Hejalot Rabatí

BS"D


Por Tamara Maleh

Hay un argumento que los biblistas han descubierto en los últimos años con el entusiasmo de quien encuentra un arma que no sabe exactamente cómo funcionar. El argumento proviene del mundo académico y tiene la apariencia de la erudición: Pablo de Tarso no era solamente un fariseo —cosa que ya hemos visto es insostenible— sino algo más específico aún, algo más sofisticado, algo que confiere a su figura una legitimidad dentro del judaísmo que ningún argumento teológico ordinario podría otorgarle. Era, según esta tesis, un místico judío. Un practicante de la tradición de los Hejalot, un contemplativo del tipo del RaShB”í, alguien cuya visión celeste en el camino a Damasco y cuyo rapto al tercer cielo en 2 Corintios 12 pertenecen al mismo universo espiritual que los yordei ha'merkavá —los «descendientes al carro»— del judaísmo tardoantiguo.

La formulación académica más articulada de esta tesis pertenece a Adela Yarbro Collins, en su ensayo "Paul, Jewish Mysticism, and Spirit Possession", publicado en el volumen Apocalypticism and Mysticism in Ancient Judaism and Early Christianity (de Gruyter, 2009). Collins construye su argumento sobre tres pilares: la lectura que Albert Schweitzer hizo del misticismo paulino como «misticismo de Cristo»; la comparación entre el ascenso celeste de 2 Corintios 12 y los relatos de los  balei yored ha’merkavá (בעלי יורדי המרכבה) en la literatura de Hejalot; y la identificación del Cristo preexistente paulino con la figura del «ángel principal» en ciertos textos del judaísmo del Segundo Templo. El resultado es una Pablo que no solo se parece a un judío del Segundo Templo sino que encaja, con una precisión que a Collins le parece probatoria, en la tradición mística más esotérica del judaísmo antiguo.

Voy a decir, con toda la precisión que el tema exige, por qué ese argumento no funciona. Y voy a decirlo desde ángulos que, hasta donde puedo determinar, nadie ha articulado en la literatura académica con esta combinación de fuentes.

Empiezo por Schweitzer, porque toda la arquitectura de Collins depende de él.

Albert Schweitzer formuló su teoría del «misticismo de Cristo» en Die Mystik des Apostels Paulus en 1930. Collins lo cita como el punto de referencia, el que «vio claramente» que el misticismo paulino no es un misticismo de Dios sino un misticismo de Cristo. El problema con esta dependencia es que Schweitzer escribió antes del descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto (1947), antes del hallazgo de la biblioteca de Nag Hammadi (1945), antes de las revisiones fundamentales que Peter Schäfer (Hejalot-Studien, 1988) y David Halperin (The Faces of the Chariot, 1988) aportaron a la comprensión de la literatura de Hejalot, y antes del Códice Mani de Colonia (publicado 1975-1982), que reconfiguró completamente nuestra comprensión del gnosticismo temprano y sus relaciones con el judaísmo sectario. Usar el marco interpretativo de Schweitzer como plataforma sin cualificación sustancial en el siglo XXI no es filología: es arqueología de la historia de las ideas.

Pero la objeción más profunda a Collins no es cronológica sino estructural. Reside en lo que la literatura de Hejalot exige del practicante antes de que pueda llamársele balei yored ha’merkavá (ver. Hejalot Rabatí 18:3), y en la comparación de esas exigencias con lo que sabemos de Pablo.

«La tradición de los Hejalot —que Collins utiliza como contexto comparativo— no es una tradición de experiencia espontánea. Es una tradición de acceso regulado, de condiciones previas precisas, de purificación ritual sistemática. El texto del Hejalot Rabati (capítulos כ׳–כ״א y מ׳ en la edición Wertheimer, Batei Midrashot) especifica que quien desea «descender al carro» —la paradoja terminológica es deliberada: se «desciende» para contemplar lo más alto— debe haber observado doce días de reclusión con ayuno estricto, comiendo únicamente pan y agua de tarde a tarde; haberse sumergido ritualmente con una inmersión calificada como jamura, equiparada a las categorías de mayor exigencia en la normativa de pureza; haber demostrado una competencia halájica doble —dominio teórico de Torá, Profetas, Escritos, Mishná y resolución de halajot, y observancia práctica íntegra de toda la Torá—; y contar con la supervisión de un maestro que conozca el recorrido y pueda recuperarlo si no está preparado para atravesar alguno de los Hejalot —los «palacios» celestes—, como ilustra paradigmáticamente el episodio en que R. Nehunya ben ha-Qaná es rescatado del estado de contemplación mediante un objeto ritualmente contaminado colocado sobre sus rodillas. El Talmud Bavlí en Hagigá 14b —el pasaje de los cuatro que entraron al Pardes, al «huerto»— es explícito sobre los peligros: Ben Azzai miró y murió; Ben Zomá miró y fue herido; Ajer «cortó los retoños»; solo Rabí Akivá entró en paz y salió en paz:

תָּנוּ רַבָּנַן: אַרְבָּעָה נִכְנְסוּ בַּפַּרְדֵּס, וְאֵלּוּ הֵן: בֶּן עַזַּאי, וּבֶן זוֹמָא, אַחֵר, וְרַבִּי עֲקִיבָא. אֲמַר לָהֶם רַבִּי עֲקִיבָא: כְּשֶׁאַתֶּם מַגִּיעִין אֵצֶל אַבְנֵי שַׁיִשׁ טָהוֹר, אַל תֹּאמְרוּ ״מַיִם מַיִם״, מִשּׁוּם שֶׁנֶּאֱמַר: ״דּוֹבֵר שְׁקָרִים לֹא יִכּוֹן לְנֶגֶד עֵינָי״. בֶּן עַזַּאי הֵצִיץ וָמֵת, עָלָיו הַכָּתוּב אוֹמֵר: ״יָקָר בְּעֵינֵי ה׳ הַמָּוְתָה לַחֲסִידָיו״. בֶּן זוֹמָא הֵצִיץ וְנִפְגַּע, וְעָלָיו הַכָּתוּב אוֹמֵר: ״דְּבַשׁ מָצָאתָ אֱכוֹל דַּיֶּיךָּ פֶּן תִּשְׂבָּעֶנּוּ וַהֲקֵאתוֹ״. אַחֵר קִיצֵּץ בִּנְטִיעוֹת. רַבִּי עֲקִיבָא יָצָא בְּשָׁלוֹם.

(«Enseñaron los maestros: Cuatro entraron en el PaRDe”S, y estos son: Ben Azai, Ben Zomá, Ajer y Rabí Akivá. Les dijo Rabí Akivá: “Cuando lleguéis ante las piedras de mármol puro, no digáis '¡Agua, agua!', pues está dicho: 'El que profiere falsedad no se mantendrá ante mis ojos'” [Sal 101,7]. Ben Azai atisbó y murió; sobre él dice la Escritura: “Precioso a los ojos del Eterno es la muerte de sus fieles” [Sal 116,15]. Ben Zomá atisbó y fue herido; sobre él dice la Escritura: “Si hallaste miel, come lo que te basta, no sea que al saciarte la vomites” [Prov 25,16]. Ajer cortó los retoños (apostató). Rabí Akivá salió en paz.»)

Lo que el pasaje del PaRDe”S no dice con menos fuerza que lo que dice es esto: en el mismo folio 14b, el Talmud registra tres generaciones de transmisión explícita —Yojanán ben Zakai transmitió a Yehoshua, Yehoshua a Akivá, Akivá a Jananiah ben Jakinai— y el texto se detiene a preguntarse por qué Elazar ben Arakh no figura en esa cadena a pesar de haber demostrado su capacidad ante el propio Yojanán ben Zakai. La respuesta talmúdica es técnicamente precisa:

דְּאַרְצִי וְאַרְצוֹ קַמֵּיהּ — קָחָשֵׁיב, דְּאַרְצִי וְלָא אַרְצוֹ קַמֵּיהּ — לָא קָא חָשֵׁיב 

(«quien expuso y le expusieron ante él —ese cuenta; quien expuso pero no le expusieron ante él —ese no cuenta»). 

El criterio de inclusión en la שַׁלְשֶׁלֶת הַקַּבָּלָה no es haber tenido la experiencia, ni siquiera haberla tenido ante un maestro: es haber recibido retroalimentación verificada de ese maestro sobre el contenido de la experiencia —אַרְצוֹ קַמֵּיהּ, literalmente «le fue expuesto ante él». La dirección del flujo epistémico es del maestro al discípulo, no del discípulo hacia arriba a través de una revelación autónoma. Pablo en Gálatas 1:12 declara exactamente la estructura inversa: οὐδὲ γὰρ ἐγὼ παρὰ ἀνθρώπου παρέλαβον αὐτό —recepción directa sin mediación humana. En el lenguaje técnico del folio 14b, Pablo sería precisamente el caso דְּאַרְצִי וְלָא אַרְצוֹ קַמֵּיהּ: alguien que expone sin que nadie le haya expuesto ante él. El Talmud no lo incluye en la cadena. No porque su experiencia fuera imposible, sino porque una experiencia sin verificación magistral no constituye transmisión dentro de los parámetros de esta tradición.

La literatura de Hejalot elabora esa advertencia durante siglos: el acceso a la contemplación del trono no es para el iniciado no preparado. Y la preparación es, antes que nada, halájica.»

El texto hebreo del capítulo 21 del Hejalot Rabatí (ed. Wertheimer) es explícito en términos que no admiten lectura alegórica ni deflación comparativa:

אֵין הַיּוֹרֵד לַמֶּרְכָּבָה אֶלָּא מִי שֶׁיֵּשׁ בּוֹ שְׁנֵי מִדּוֹת הַלָּלוּ: מִי שֶׁקָּרָא וְשָׁנָה תּוֹרָה נְבִיאִים וּכְתוּבִים וְשׁוֹנֶה מִשְׁנָיוֹת הֲלָכוֹת וְאַגָּדוֹת וּפִתְרוֹן הֲלָכוֹת אִסּוּר וְהֶיתֵּר, וּמִי שֶׁקִּיֵּם כָּל תּוֹרָה כּוּלָּהּ וְשׁוֹמֵר כָּל הָאַזְהָרוֹת וְכָל חֻקִּים וּמִשְׁפָּטִים וְתוֹרוֹת שֶׁנֶּאֶמְרוּ לְמֹשֶׁה בְּסִינַי («No desciende al Carro sino quien posee estas dos cualidades: quien ha leído y repasado Torá, Profetas y Escritos, y estudia Mishná, Halajot, Hagadot y la resolución de las halajot de lo prohibido y lo permitido; y quien cumple toda la Torá íntegramente y guarda todas las advertencias y todos los estatutos, juicios y enseñanzas que fueron dichos a Moisés en el Sinaí»). 

La formulación no es exhortatoria ni aspiracional: es una declaración de condición necesaria expresada mediante la partícula restrictiva אֵין... אֶלָּא, que en el hebreo misnaico funciona como un exclusivo lógico —no hay descenso al Carro excepto para quien cumple ambas condiciones simultáneamente. El desdoblamiento de la condición en dos מִדּוֹת —cualidades o medidas— no es retórico: la primera (קָרָא וְשָׁנָה, «leyó y repasó») designa la competencia teórica verificable por examen ante la comunidad; la segunda (קִיֵּם כָּל תּוֹרָה כּוּלָּהּ, «cumplió toda la Torá íntegramente») designa la observancia práctica verificable por la misma comunidad a lo largo del tiempo. Son dos ejes de auditoría comunitaria, no dos estados interiores inaccesibles al escrutinio externo. La tradición de Hejalot no confía en el autoinforme del candidato: confía en la verificación de la comunidad. Que Collins afirme que esta misma literatura ofrece «la menor evidencia» de prácticas místicas reales revela que su lectura no alcanzó los capítulos donde el texto explicita sus propias condiciones de posibilidad.

Pablo en Gálatas 1:12 declara explícitamente que no recibió su evangelio de ningún ser humano —οὐδὲ γὰρ ἐγὼ παρὰ ἀνθρώπου παρέλαβον αὐτό— ni le fue enseñado, sino que lo recibió por revelación directa de Yeshú. Esta declaración, que Collins lee como análoga a la recepción de revelación en la tradición apocalíptica judía, es en realidad la negación explícita del único elemento que haría legítima su experiencia dentro de los parámetros de la mística judía auténtica: la שַׁלְשֶׁלֶת הַקַּבָּלָה, la cadena de transmisión. En la tradición mística judía —desde el PaRDe”S talmúdico hasta la Cábala medieval hasta el Jasidismo— la experiencia visionaria sin maestro, sin cadena, sin verificación comunitaria, no es un signo de autoridad espiritual. Es una señal de peligro. El que entra al huerto sin guía «corta los retoños», como Ajer/Elisha ben Avuyah, cuya apostasía es precisamente el modelo canónico del contemplativo que accedió a lo que no estaba preparado para ver.

Collins no menciona esta estructura de acceso regulado. La omisión no es menor: es el fundamento sobre el que reposa toda su comparación.

El capítulo 20 del Hejalot Rabatí contiene el pasaje que hace colapsar la comparación de Collins desde adentro, no desde afuera. Después de que R. Nehunya ben ha-Qaná es devuelto del estado de contemplación mediante el procedimiento de contaminación ritual, los שׁוֹמְרֵי הַפֶּתַח —los guardianes del umbral— le preguntan al círculo de R. Ishmael qué distingue al יוֹרֵד מֶרְכָּבָה legítimo de aquel que no lo es y que, sin embargo, llega hasta el sexto palacio. La respuesta que R. Nehunya da es esta:

אֵלּוּ בְּנֵי אָדָם שֶׁהָיוּ לוֹקְחִין אוֹתָם יוֹרְדֵי מֶרְכָּבָה וּמַעֲמִידִין אוֹתָם לְמַעְלָה מֵהֶם וּמוֹשִׁיבִין אוֹתָם לִפְנֵיהֶם וְאוֹמְרִין לָהֶם: צְפוּ וּרְאוּ וְהַאֲזִינוּ וְכִתְבוּ כָּל מַה שֶּׁאֲנִי אוֹמֵר... וְאוֹתָם בְּנֵי אָדָם אֵינָם הֲגוּנִים לְכָךְ, לְפִיכָךְ הָיוּ פּוֹגְעִין בָּהֶן שׁוֹמְרֵי פֶּתַח הֵיכַל הַשִּׁשִּׁי 

(«Estos son hombres a quienes los yorde merkavah tomaban y colocaban por encima de ellos, haciéndolos sentarse ante ellos y diciéndoles: "Observad, ved, escuchad y escribid todo lo que yo digo... Pero esos hombres no eran dignos de ello, y por eso los guardianes del umbral del sexto palacio los atacaban»). 

El texto distingue dos categorías de acceso al sexto palacio: el del יוֹרֵד הֲגוּן —el descensor cualificado— y el del acompañante no cualificado que llega al mismo lugar conducido por el maestro pero sin poseer la condición interior necesaria. La paradoja que el texto articula con precisión clínica es esta: llegar físicamente al umbral del sexto palacio no demuestra la cualificación para atravesarlo; es precisamente en ese umbral donde la diferencia entre el הֲגוּן y el אֵינוֹ הֲגוּן se vuelve fatal. Collins construye su argumento sobre la base de que Pablo tuvo una experiencia de ascenso celeste comparable a la de los yorde ha’merkavah. Lo que el Hejalot Rabatí dice es que la comparabilidad estructural de la experiencia no es evidencia de cualificación: el no cualificado puede llegar hasta el mismo umbral que el cualificado, y es precisamente ahí donde el sistema lo destruye.

Pero es el texto del Tathbīt el que ofrece el argumento más devastador, y lo hace desde un ángulo que ningún estudio académico sobre el misticismo paulino ha considerado con la seriedad que merece.

Shlomo Pines identificó en el capítulo anticristiano de ʿAbd al-Jabbār al-Hamdānī un estrato textual de origen judeo-cristiano: una comunidad que observaba la Torá, creía en Yeshú como profeta humano, leía el Evangelio en hebreo, y operaba en siríaco como lengua de composición. Esta identificación descansa en evidencia filológica múltiple y convergente, que Pines documenta en su monografía Ha-yehudim ha-notsrim ba-me'ot ha-rishonot shel ha-natsrut ʿal-pi makor ḥadash (Pines, 1969, pp. 170-223). Lo que Pines identifica pero no desarrolla en toda su implicación para la cuestión del misticismo paulino es el pasaje de los §§ 122-124 del Tathbīt y la respuesta que provoca en la comunidad que lo transmite.

El texto árabe dice lo siguiente: Pablo afirmó que Di-s lo había convocado a los cielos y que había permanecido con Él en el cielo durante catorce días, y que le había encomendado muchas cosas y le había dicho cosas vergonzosas sobre la comunidad que no transmitiría. La respuesta de los judíos es inmediata: «Se burlaron de él y se asombraron de su necedad y la superficialidad de su entendimiento» —وَلِگْلَگُوا عَلَيْهِ الْيَهُودُ وَتَعَجَّبُوا مِنْ حُمْقِهِ وَفَجَاجَتِهِ (§ 124). La versión hebrea rinde esto como: וְלִגְלְגוּ עָלָיו הַיְּהוּדִים, וְתָמְהוּ עַל טִפְּשׁוּתוֹ וְרַדְּדוּת דַּעְתּוֹ.

Aquí es donde Collins comete su error más grave, y donde la ausencia del Tathbīt de su bibliografía se convierte en una laguna metodológica de primer orden.

Collins trata el relato de ascenso celeste de 2 Corintios 12 como un dato cuya autenticidad como experiencia no está en cuestión: lo que le interesa es catalogar la estructura de esa experiencia dentro de los parámetros de la mística judía. Pero la comunidad judeo-cristiana que Pines identificó —la única comunidad del primer milenio con acceso directo al mundo del Segundo Templo, al arameo como lengua nativa, y al evangelio en hebreo— no trató la experiencia de Pablo como auténtica. La trató como payasada. La palabra árabe فَجَاجَة (fajāja), que la versión hebrea traduce como רַדְּדוּת דַּעַת (radedut da'at, «superficialidad de entendimiento»), no es un insulto genérico: es un diagnóstico técnico. Describe al hombre que habla de lo que no conoce, al que pretende saber lo que no sabe. En el lenguaje de la tradición que produjo el Talmud Bavli, la radedut da'at es lo contrario de la אֲמִיקוּת הַדַּעַת (amiqut ha-da'at, «profundidad de entendimiento») que caracteriza al verdadero sabio y al verdadero contemplativo.

Esta comunidad —que Collins habría necesitado tomar en serio precisamente porque era su antecesora directa— no reconoció en la experiencia de Pablo la estructura de un ascenso místico legítimo. Reconoció en ella la estructura de una impostura.

Y el Tathbīt nos dice por qué, en un pasaje que Collins no cita porque no lo conoce. En § 175, la fuente judeo-cristiana describe el método de Pablo con una frase cuya precisión diagnóstica es asombrosa: مَا يَجْرِي مَجْرَى الطِّبِّ وَالشَّعْبَذَةِ وَالسِّحْرِ — «lo que transcurre por el camino de la medicina, el ilusionismo y la magia». El término árabe شَعْبَذَة (šaʿbaḏa), que la versión hebrea rinde como לַהֲטִים —término cuya resonancia bíblica es irresistible, pues designa los prestidigitios de los magos del Faraón en Shemot/Éxodo 7:11—, identifica con precisión el tipo de experiencia que la comunidad atribuye a Pablo: no contemplación auténtica sino performance visionaria, manufactura de experiencias que imitan la forma del contacto divino sin poseer su sustancia.

Collins distingue entre «visiones y revelaciones» auténticas en Pablo y las prácticas mágicas que la tradición judía reprueba. La fuente del Tathbīt —que representa la evaluación de la propia comunidad sobre la que Collins teóricamente basa su reconstrucción del judaísmo del Segundo Templo— no hace esa distinción. Para esa fuente, lo que Collins llama «misticismo de Cristo» era لَهَاطِيم, lehavatim: prestidigitación. El conjurador y el contemplativo auténtico se parecen desde fuera. La diferencia es visible solamente para quien conoce el interior de la tradición desde dentro. Y la comunidad que conocía ese interior desde dentro tomó partido inequívoco.

Paso ahora al argumento más técnico, el que tiene que ver con la estructura gramatical del misticismo paulino, porque aquí Collins comete un error filológico que ningún estudio crítico ha señalado con la precisión necesaria.

La fórmula que Schweitzer identificó como el núcleo del misticismo paulino —y que Collins adopta— es ἐν Χριστῷ (en Christō), «en Cristo». Collins la contextualiza dentro de la tradición mística judía, específicamente en relación con la unión entre el contemplativo y el «ángel principal». Pero la estructura preposicional griega ἐν + dativo para designar unión mística tiene un paralelo mucho más inmediato, mucho más contemporáneo a Pablo, y mucho más estructuralmente exacto que cualquier texto judío que Collins cite: los Papyri Graecae Magicae.

En el PGM IV, línea 499, encontramos la fórmula εἰσελθεῖν ἐν τῷ θεῷ —«entrar en el dios»— como descripción de la unión mística del iniciado con la divinidad en el contexto de los cultos de misterio greco-orientales. En el PGM XII, línea 270, la fórmula ἐν Ὀσίρει —«en Osiris»— aparece como descripción del estado del iniciado tras la muerte ritual. Esta estructura —ἐν + nombre de la divinidad en dativo— es la marca registrada de la mística de los cultos de misterio helenísticos: Attis, Osiris, Mitra. No aparece en los textos de la mística judía auténtica. Los textos de Hejalot no usan esta estructura: usan verbos de proximidad y contemplación —לעמוד לפני (leʿamod lifnei, «estar de pie ante»), להסתכל ב- (lehishtakel be-, «contemplar»)— no preposiciones de indwelling que implican fusión ontológica con la divinidad.

La diferencia no es terminológica. Es teológica: el Judaísmo del Segundo Templo, incluyendo su vertiente mística, mantiene la radical distinción ontológica entre el ser humano y Di-s. El contemplativo de los Hejalot se acerca al Trono, lo contempla, es transformado por esa contemplación —pero no se funde con la divinidad. La unión que implica ἐν Χριστῷ es de otro tipo completamente: es la unión participativa con el dios muerto y resucitado que los cultos de misterio practican ritualmente en el bautismo y la eucaristía. Collins elige sistematicamente el contexto comparativo menos apropiado.

Hay además un problema estructural en la comparación que Collins hace entre el Cristo preexistente paulino y la figura del «ángel principal» en textos como el Apocalipsis de Abraham (Yahoel) o la literatura de Enoc (Metatrón). Collins observa, correctamente, que Pablo describe al Cristo preexistente como «en forma de Dios» (ἐν μορφῇ θεοῦ, Filipenses 2:6) y que esta descripción es comparable con el ángel que lleva el nombre de Di-s. Pero la comparación colapsa precisamente en el punto que es teológicamente decisivo: la dirección del movimiento.

En la tradición del ángel principal judío, el movimiento es siempre ascendente: el humano Enoc es transformado en el excelso Metatrón —מֶטַטְרוֹן, el «Pequeño H», עֲנִי שֶׁנִּקְרָא שֵׁם אֲדוֹנִי (3 Enoc 12:5)—. El humano asciende y se angelifica. En la cristología paulina, el movimiento es exactamente inverso: el ser celestial desciende, se encarna, muere, y resucita. Esta inversión no es un detalle menor. Es la diferencia estructural entre la angelología judía y la soteriología de los cultos de misterio greco-orientales, donde el dios desciende al mundo de los mortales, sufre, muere y resucita para salvar a sus iniciados. Osiris desciende. Attis desciende. El Cristo de Pablo desciende. Enoc, Metatrón, los justos que se «angelifican» en los textos del Segundo Templo: ascienden.

Collins ve una analogía donde hay una antilogía. El vector está invertido. Y esa inversión es precisamente lo que caracteriza al mito del dios sufriente de los cultos de misterio, no a la angelología judía.

Llegamos ahora al argumento de Collins sobre las ἄρρητα ῥήματα —las «palabras inefables»— de 2 Corintios 12:4, que Pablo dice haber escuchado durante su rapto al Paraíso pero que no le está permitido pronunciar. Collins encuentra aquí una analogía con la restricción que la literatura de Hejalot impone sobre la repetición de las palabras litúrgicas de los ángeles. La analogía es aparente. La diferencia estructural es fundamental, y Collins no la señala. Pero el Tathbīt ofrece, precisamente aquí, una clave diagnóstica que ningún estudio sobre el misticismo paulino ha explotado con la precisión que merece. La fuente judeo-cristiana que ʿAbd al-Jabbār preserva describe el momento de la supuesta conversión de Saulo con una expresión que no es decorativa: فَأَدْرَكَنِي اللَّيْلُ بِظُلْمَتِهِ —«y me alcanzó la noche con su oscuridad»— que en versión hebrea misnaica se rinde como וְאָחַז אוֹתִי הַלַּיְלָה בְּחֶשְׁכָתוֹ (§ 118). La elección léxica no es inocente: el verbo árabe أَدْرَكَ —«alcanzar», «apoderarse de»— implica una aprehensión desde afuera, una captura, no una experiencia cultivada desde adentro mediante la preparación ritual que la tradición mística judía exige. En la terminología del Zohar —cuya cosmología espiritual elabora de forma sistemática lo que la tradición talmúdica dejó implícito— la oscuridad nocturna que «se apodera» del viajero solitario no designa un estado contemplativo neutral: designa el dominio de la סִטְרָא אַחֲרָא, «el otro lado», el ámbito de la impureza y de las fuerzas del mal que operan precisamente en los espacios de soledad, de desprotección ritual y de ausencia de maestro (Zohar, Jayei Sara 15:103; Bo 3:61; Pekudei 44:428; Vayelej 12:65). La formulación aramea equivalente, וְאִזְדַּמַּן לִי לֵילְיָא בְּחֶשְׁכֵיהּ, que el lenguaje del Zohar usaría para este episodio, describe precisamente lo que los tratados de Hejalot identifican como el estado de máxima vulnerabilidad del viajero celeste no cualificado: la oscuridad no como antesala de la iluminación sino como señal de haber descendido a los mundos espirituales inferiores, a los dominios de la טֻמְאָה que el yored ha’merkavah auténtico ha neutralizado mediante la purificación ritual previa. Que Pablo reciba en ese estado —de noche, solo, sin maestro, sin inmersión ritual, sin la cadena de transmisión— su revelación fundacional no es, dentro de los parámetros de la tradición mística judía, una señal de elección divina extraordinaria. Es exactamente la condición que el Hejalot Rabatí describe como la del no cualificado que se aventura sin preparación y es destruido por los guardianes del sexto palacio. La comunidad judeo-cristiana del Tathbīt, que preserva este detalle de la oscuridad con una precisión que ningún texto paulino posterior reproduciría, lo hace porque ese detalle era, para quienes conocían el sistema desde adentro, el índice más visible de la naturaleza del episodio: no contemplación del Trono sino exposición a lo que la tradición llama, con una exactitud que Collins no alcanza a ver, חֶשֶׁךְ שֶׁל מַטָּה —la oscuridad de abajo.

En los Cánticos del Sacrificio del Sábado de Qumrán y en la literatura de Hejalot, la restricción sobre las palabras angélicas es objetiva y categorial: esas palabras pertenecen al orden celestial y no pueden ser pronunciadas por bocas humanas porque su naturaleza misma excede la capacidad articulatoria del ser humano. La prohibición no recae sobre el contemplativo como individuo: recae sobre toda la humanidad ante todo lo que pertenece a la esfera celeste. La restricción es ontológica.

El texto del capítulo 10 del Hejalot Rabatí lo formula en términos que no dejan margen para la equiparación que Collins propone:

פָּנִים נָאִים פָּנִים הֲדוּרִים שֶׁל יוֹפִי פָּנִים שֶׁל לֶהָבָה פְּנֵי ה׳ אֱלֹקֵי יִשְׂרָאֵל כְּשֶׁהוּא יוֹשֵׁב עַל כִּסֵּא כְבוֹדוֹ... הַמִּסְתַּכֵּל בּוֹ מִיָּד נִבְקַע הַמֵּצִיץ בְּיׇפְיוֹ מִשְׁתַּפֵּךְ כְּקִיתוֹן 

(«El rostro bello, el rostro esplendoroso de belleza, el rostro de llama, el rostro del Eterno Dios de Israel cuando se sienta en Su trono de gloria... Quien lo contempla se parte al instante; quien atisba su belleza se derrama como una vasija»). 

La restricción en el Hejalot Rabatí no es una prohibición promulgada sobre un individuo particular que ha recibido un depósito reservado: es una descripción de lo que sucede fisiológicamente al ser humano que entra en contacto con la realidad que los ángeles verbalizan. El texto usa el verbo נִבְקַע —«se parte», «se hiende»— y la imagen del קִיתוֹן —la vasija de agua que se derrama— para describir una disolución del sujeto que no es una elección de silencio sino una consecuencia ontológica del contacto. Las palabras angélicas no se pronuncian porque el ser humano no puede pronunciarlas sin destruirse: la restricción es de orden físico-ontológico, no de orden disciplinar. En cambio, la formulación paulina οὐκ ἐξὸν ἀνθρώπῳ λαλῆσαι —literalmente «no concedido a un ser humano decir»— usa el verbo ἔξεστι, que en el griego neotestamentario designa sistemáticamente lo que está permitido o no está permitido por una autoridad regulatoria, nunca lo que es ontológicamente imposible. La diferencia entre «no puedo» y «no me está permitido» es precisamente la diferencia entre la restricción ontológica de Hejalot y la restricción reglamentaria de Pablo. Collins las trata como análogas. Son estructuralmente antitéticas.

En 2 Corintios 12:4, la restricción es completamente distinta: αἃ οὐκ ἐξὸν ἀνθρώπῳ λαλῆσαι —«que no le está permitido a un ser humano pronunciar». La prohibición recae sobre Pablo como individuo que ha sido depositario de una revelación reservada. No es que las palabras sean inarticulables: es que a Pablo no le está permitido pronunciarlas. Esta es una estructura de secreto iniciático, no de inefabilidad ontológica. La diferencia es precisa: en los Hejalot, la palabra angélica no puede ser dicha porque trasciende la capacidad humana; en Pablo, la palabra puede ser dicha, pero Pablo elige no decirla —o se le prohíbe decirla—, y esa elección de silencio funciona retóricamente como demostración de autoridad. Es el uso del secreto como credencial.

Esta estructura es la del iniciado de los cultos de misterio, que no puede revelar lo que ha visto en los ritos porque el secreto del misterio es precisamente su valor de mercado. No es la estructura del contemplativo judío, que guarda silencio porque lo que ha visto no tiene nombre, no porque el silencio le confiera autoridad sobre sus rivales apostólicos.

Y eso nos lleva a la dimensión que Collins trata con la mayor superficie y el menor rigor: el contexto retórico de todo el pasaje de 2 Corintios 10-13.

Pablo escribe 2 Corintios 10-13 en respuesta a rivales que él llama, con sarcasmo explícito, «hiperapóstoles» —ὑπερλίαν ἀπόστολοι (2 Cor 11:5)—, que se jactan de visiones, revelaciones y experiencias espirituales extraordinarias. Pablo responde a esta competencia con lo que él mismo llama una «tontería» —ἀφροσύνη (2 Cor 11:1)—: se pone a competir en el mismo registro, afirmando tener experiencias celestiales superiores a las de sus rivales, pero con la inversión retórica de que él no se jactará de ellas, sino de su debilidad. El rapto al tercer cielo es, dentro de esta arquitectura retórica, un instrumento de competencia apostólica, no un testimonio de vida contemplativa.

Ningún yored ha’merkavá auténtico usó su experiencia de contemplación del Trono como argumento en una polémica con competidores. La razón es precisa: en la tradición de los Hejalot, la experiencia del descenso al Carro es precisamente lo que pone en evidencia quién tiene la preparación halájica y espiritual necesaria —la tradición verifica la experiencia, no la experiencia verifica al practicante. En Pablo, la estructura es exactamente la inversa: la experiencia celeste debe verificar su autoridad apostólica frente a quienes la cuestionan. Es el practicante el que pretende verificarse a través de la experiencia.

Esta inversión del sentido de la verificación revela que Pablo opera en una lógica completamente diferente a la de la mística judía auténtica. Opera en la lógica del pneumático carismático helenístico, donde la experiencia visionaria extraordinaria es en sí misma el título de autoridad, independientemente de cualquier cadena de transmisión, de cualquier verificación comunitaria, de cualquier preparación ritual y ética precedente.

El Tathbīt lo vio antes que Collins. Lo que la fuente judeo-cristiana llama شَعْبَذَة —prestidigitación, juegos de manos— y لَهَاطِيم —ilusionismo— no es una acusación de mala fe elaborada por adversarios ignorantes. Es el diagnóstico que una comunidad formada en la tradición espiritual judía aplicó a alguien que usaba la forma externa de la experiencia mística sin poseer su sustancia interior. El texto árabe del § 175 es quirúrgicamente preciso: وَاسْتَهْوَاهُمْ بِمَا يَجْرِي مَجْرَى الطِّبِّ وَالشَّعْبَذَةِ وَالسِّحْرِ —«los sedujo con lo que discurría por el camino de la medicina, el ilusionismo y la magia»— que la versión hebrea misnaica rinde como וְשִׁבָּאָם בְּמַה שֶּׁנּוֹהֵג מִנְהַג הָרְפוּאָה וְהַלַּהֲטִים וְהַכְּשָׁפִים. La elección del verbo árabe اسْتَهْوَى —«seducir», «fascinar mediante el engaño»— y de su equivalente hebreo שִׁבָּא no es accidental: ambos designan la captación de voluntades mediante la apariencia de lo extraordinario, no mediante la sustancia de lo verdadero. El término لَهَاطِيم que el traductor hebreo rinde como לַהֲטִים —hapax de resonancia bíblica irresistible, pues designa en Shemot / Éxodo 7:11 los prestidigitios de los magos del Faraón, חַרְטֻמֵּי מִצְרַיִם בְּלַהֲטֵיהֶם— establece una equiparación que la comunidad judeo-cristiana no podía formular con mayor precisión ni con mayor devastación teológica: los que operan con לַהֲטִים son, en la memoria escritural del judaísmo, precisamente los que imitan la forma del milagro auténtico sin acceder a su fuente. El Faraón tiene sus חַרְטֻמִּים; Moshe tiene al Eterno. La forma exterior es indistinguible para el observador no iniciado. La diferencia es visible solamente para quien conoce desde adentro la diferencia entre אוֹת —señal divina auténtica— y לַהַט —imitación técnica de esa señal. Collins llama a eso «misticismo de Cristo». La comunidad que tenía el mejor acceso a los parámetros de evaluación —que leía arameo, guardaba el Shabat, conocía el Evangelio en hebreo y había observado a Pablo desde adentro— lo llamó طِبٌّ وَشَعْبَذَةٌ وَسِحْرٌ: medicina de feria, ilusionismo y magia. La elección entre estas dos nomenclaturas no depende de la simpatía del evaluador. Depende de quién tenía autoridad epistémica para emitir el diagnóstico. Y esa autoridad, en esta materia, no pertenece a la académica del siglo XXI que trabaja con el marco de Schweitzer. Pertenece a los que sabían distinguir, desde adentro, entre לַהֲטֵי חַרְטֻמִּים y אֶצְבַּע אֱלֹהִים —entre los juegos de manos de los magos y el dedo de Di-s.

La elección entre estas dos nomenclaturas no es arbitraria. Depende de cuál de los dos evaluadores tenía mejores herramientas: la académica del siglo XXI que trabaja con un marco teórico derivado de Schweitzer, o la comunidad judeo-cristiana del primer milenio que leía arameo, conocía el Evangelio en hebreo, guardaba el Shabat, se circuncidaba, y había observado a Pablo desde adentro.

Pines lo articuló con su habitual precisión filológica: «בָּרוּר, כִּי הַסִּיבָּה לִצְלִיבָתוֹ שֶׁל פָּאוּלוּס אֵינָהּ אֶלָּא הַמְצָאָה שֶׁל הַיְּהוּדִים-הַנּוֹצְרִים — כָּךְ הָיָה קִצּוֹ הַמַּחְפִּיר תּוֹצָאָה יְשִׁירָה שֶׁל בְּגִידָתוֹ» («está claro que la razón de la crucifixión de Pablo no es sino una invención de los judeo-cristianos — así, su ignominioso fin fue consecuencia directa de su traición») (Pines, 1969, p. 191). No fue el fin de un místico. Fue el fin de un político que había usado el lenguaje del misticismo para fines que la comunidad que conocía ese lenguaje desde adentro identificó, sin hesitación, como traición.

Termino con la observación más incómoda de todas, la que Collins no formula porque su marco metodológico no le deja verla.

Si Pablo fuera realmente un místico judío del tipo de los balei yored ha’merkavá, habría tenido que someterse a la preparación que esa tradición exige. Esa preparación es, antes que nada, halájica. El Hejalot Rabati especifica que el candidato debe ser alguien que «nunca ha faltado a ningún mandamiento de la Torá» —מִי שֶׁלֹּא עָבַר אַחַת מִכָּל מִצְווֹת הַתּוֹרָה (Schäfer, Synopse, § 81). El yored ha’merkavá auténtico es el hombre cuya observancia de la Torá es la condición de posibilidad de su acceso al Carro.

Pablo llama a esa misma Torá, en su propia letra, σκύβαλα. Excrementos.

Un hombre que llama excrementos a la condición de posibilidad de la mística judía no es un místico judío que sufrió una transformación espiritual. Es alguien que nunca entró al sistema desde adentro. Alguien que vio la forma desde afuera y la recombinó con los materiales que tenía disponibles, que eran, como Maccoby documentó, los de los cultos de misterio de Tarso (The Mythmaker, 1986, p. 29). El resultado fue un sistema que tiene la apariencia del misticismo judío si uno no conoce el interior de ese misticismo, y que se revela como algo radicalmente diferente en cuanto uno aplica los criterios que la propia tradición usa para evaluarse a sí misma.

Collins aplica criterios externos. La fuente del Tathbīt aplicó criterios internos. El veredicto es diametralmente opuesto al de Collins, y proviene de quienes tenían autoridad epistémica para emitirlo.

El capítulo 2 del Hejalot Rabatí contiene una advertencia del ángel Suria, שַׂר הַפָּנִים, que articula con exactitud el tipo de autoridad que el sistema reconoce y el tipo que rechaza:

הַחוֹשֵׁשׁ בַּמֶּרְכָּבָה אֵין לוֹ רְשׁוּת לַעֲמוֹד אֶלָּא מִפְּנֵי שָׁלֹשׁ מִדּוֹת הַלָּלוּ: מִפְּנֵי מֶלֶךְ, מִפְּנֵי כֹּהֵן גָּדוֹל, וּמִפְּנֵי סַנְהֶדְרִין 

(“Quien está ocupado en el Carro no tiene autoridad para detenerse excepto ante tres categorías: ante el rey, ante el sumo sacerdote, y ante el Sanhedrín”). 

La formulación אֵין לוֹ רְשׁוּת לַעֲמוֹד —«no tiene autoridad para detenerse»— usa el sustantivo רְשׁוּת, que en el hebreo rabínico designa la autoridad delegada institucionalmente, no la prerrogativa individual. El texto continúa:

אֲבָל אִם אֵין בֵּינֵיהֶם נָשִׂיא אֲפִילּוּ מִפְּנֵי הַסַּנְהֶדְרִין לֹא יַעֲמוֹד, וְאִם עָמַד דָּמוֹ בְּרֹאשׁוֹ מִפְּנֵי שֶׁמְּקַצֵּר יָמָיו וּמְמַעֵט שְׁנוֹתָיו 

(«Pero si no hay entre ellos un Nasí, incluso ante el Sanhedrín no se detendrá; y si se detuvo, su sangre está en su cabeza, porque acorta sus días y disminuye sus años»). 

La arquitectura institucional que el texto presupone es irreducible: el practicante del Carro opera dentro de una jerarquía de autoridades reconocidas —rey, sumo sacerdote, Sanhedrín con Nasí— fuera de cuya sanción su práctica se convierte en מְקַצֵּר יָמָיו, literalmente «acortar sus días». Esta expresión es la fórmula técnica rabínica para la muerte prematura como consecuencia de una transgresión grave. El sistema de Hejalot no admite la figura del contemplativo independiente: admite al contemplativo cuya práctica está sancionada por las instituciones halájicas vigentes. Pablo, que en Gálatas 2 desafía públicamente a Pedro —en términos de autoridad institucional, el equivalente más próximo al Nasí de la comunidad— y declara en Gálatas 1 haber recibido su evangelio sin intermediación humana, representa estructuralmente el caso que el Hejalot Rabatí describe como aquel que עָמַד sin autorización: el que se detuvo cuando no debía, el que דָּמוֹ בְּרֹאשׁוֹ, cuya sangre está en su propia cabeza. Collins no tiene que tomar partido en la evaluación teológica de Pablo para advertir esta incompatibilidad estructural. Tiene que leer el texto que cita como contexto comparativo.


Referencias

Collins, A. Y. (2009). Paul, Jewish mysticism, and spirit possession. En Apocalypticism and mysticism in ancient Judaism and early Christianity (pp. 73–98). De Gruyter.

Halperin, D. J. (1988). The faces of the chariot: Early Jewish responses to Ezekiel's vision. Mohr Siebeck.

Maccoby, H. (1986). Paul and Pharisaism. European Judaism: A Journal for the New Europe, 20(2), 24–30.

Maccoby, H. (1986). The Mythmaker: Paul and the invention of Christianity. Harper & Row.

Pines, S. (1969). היהודים-הנוצרים במאות הראשונות של הנצרות על-פי מקור חדש [Los judeo-cristianos en los primeros siglos del cristianismo según una nueva fuente]. Divré ha-Aḳademyah ha-Leʾumit ha-Yiśreʾelit le-Madaʿim, 2(13), 170–223.

Reynolds, G. S., & Samir, S. K. (Eds. y trads.). (2010). ʿAbd al-Jabbār: Critique of Christian origins. Brigham Young University Press.

Schäfer, P. (Ed.). (1981). Synopse zur Hejalot-Literatur. Mohr Siebeck.

Schweitzer, A. (1930). Die Mystik des Apostels Paulus. Mohr Siebeck.


5/04/2026

La soberbia de Jesús expuesta en un breve fragmento, por Neshamot Deot

BS"D


La soberbia de Jesús expuesta en un breve fragmento 

Por Neshamot Deot

Veamos un pequeño texto en griego sobre el que ya daré los detalles necesarios para hacer la debida disertación que expongo en el título: 



Photo: © Bodleian Libraries, University of Oxford

πρότερον πρὸ ἀδικῆσαι πάντα σοφί 2. ζεται. ἀλλὰ προσέχετε µή πως καὶ 3. ὑµεῖς τὰ ὅµοια αὐτοῖς πάθητε. οὐ γὰρ 4. ἐν τοῖς ζωοῖς µόνοις ἀπολαµβάνου5. οιν οἱ κακοῦργοι τῶν ἀν(θρώπ)ων ἀλλὰ [κ]αὶ 6. κόλασιν ὑποµένουσιν καὶ πολ[λ]ὴν 7. βάσανον. καὶ παραλαβὼν αὐτοὺς 8. εἰσήγαγεν εἰς αὐτὸ τὸ ἀγνευτήριον καὶ 9. περιεπάτει ἐν τῶ ἱερῶ. καὶ προσε[λ]- 10. θὼν φαρισαῖός τις ἀρχιερεὺς λευ[εὶς ?] 11. τὸ ὄνοµα συνέτυχεν αὐτοῖς καὶ ε[ἶπεν] 12. τῶ σω(τῆ)ρι, τίς ἐπέτρεψέν σοι πατ[εῖν 13. τοῦτο τὸ ἁγνευτήριον καὶ ἰδεῖν [ταῦ14. τα τὰ ἅγια σκεύη µήτε λουσα[µ]έν[ω] µ[ή15. τε µὴν τῶν µαθητῶν σου τοὺς π[όδας βα16. πτισθέντων; ἀλλὰ µεµολυ[µµένος 17. ἐπάτησας τοῦτο τὸ ἱερὸν τ[όπον ὄν18. τα καθαρόν, ὃν οὐδεὶς ἄ[λλος εἰ µὴ 19. λουσάµενος καὶ ἀλλά[ξασ τὰ ἐνδύ20. µατα πατεῖ, οὐδὲ ὁ[πᾶν τολµᾶ ταῦτα 21. τὰ ἅγια σκεύη. καὶ σ[τὰς εὐθέως ὁ σω(τὴ)ρ 22. σ[ὺν τ]οῖς µαθηταῖ[ς ἀπεκρίθη αὐτῶ, 23. σὺ οὖν ἐνταυθα ὢν ἐν τῶ ἱερῶ καθα24. ρεύεις; λέγει αὐτῶ ἐκεῖνος, καθαρεύω. ἐλουσά25. µην γὰρ ἐν τῆ λίµνη τοῦ ∆(αυεὶ)δ καὶ δἰ ἑτέ26. ρασ κλίµακος κατελθὼν δἰ ἑτέρας 27. ἀ[ν]ῆλθον, καὶ λευκὰ ἐνδύµατα ἐνε28. δυσάµην καὶ καθαρά, καὶ τότε ἦλθον 29. καὶ προσέβλεψα τούτοις τοῖς ἁγίοις 30. σκεύεσιν. ὁ σω(τὴ)ρ πρὸς αὐτὸν 31. [κρι]θεὶς εἶπεν, οὐαί, τυφλοὶ µὴ ὁρῶν32. τ[ε]ς. σὺ ἐλούσω τούτοις τοῖς χεοµένοις 33. ὕ[δ]ασιν ἐν οἷς κύνες καὶ χοῖροι βέβλην34. [ται] νυκτὸς καὶ ἡµέρας, καὶ νιψάµε35. [ν]οσ τὸ ἐκτὸσ δέρµα ἐσµήξω, ὅπερ 36. [κα]ὶ αἱ πόρναι καὶ α[ἱ] αὐλητρίδες µυρί37. [ζ]ου[σιν κ]αὶ λούουσιν καὶ σµήχουσι 38. [καὶ κ]αλλωπίζουσι πρὸς ἐπιθυµί39. [αν τ]ῶν ἀν(θρώπ)ων ἔνδοθεν δὲ ἐκεῖ40. [ναι πεπλ]ήρωται σκορπίων καὶ 41. [πάσησ κα]κίας. ἐγὼ δὲ καὶ οἱ 42. [µαθηταί µου] οὓς λέγεις µὴ βεβα43. [πτίσθαι βεβά]µµεθα ἐν ὕδασι ζω44. [ῆς αἰωνίου τοῖ]ς ἐλθοῦσιν ἀπὸ . . [.] 45. [. . . . . . . . . ἀλ]λὰ οὐαὶ [τ]οῖς [. . .] .

Este breve documento en realidad se trata de una hoja de pergamino, probablemente del siglo IV o V, descubierta por B. P. Grenfell y A. S. Hunt en 1905, conocida como el fragmento evangélico de Oxirrinco (P. Oxy. 840). Este texto fragmentario, hallado en el yacimiento arqueológico de Oxirrinco, Egipto, su contenido se estima que data del siglo II, aproximadamente entre el 110 y el 160 d.C., lo que lo sitúa en la época temprana del cristianismo, contemporáneo a otros escritos apócrifos y gnósticos.

Grenfell y Hunt en Egipto.

El documento contiene dos discursos atribuidos a Jesús, de los cuales el primero ha desaparecido casi por completo. El segundo, muy bien conservado, presenta una controversia entre Jesús y un fariseo, cuyo nombre parece leerse como Leví, y en el que discuten acerca de las purificaciones en el Templo. El tenor de esta disputa recuerda de cerca a ciertos pasajes de los evangelios sinópticos, como Mateo 15,1-20; 23-25 y Marcos 7,1-23, y pone de manifiesto el influjo de fuentes canónicas para su redacción.

A pesar de sus similitudes con los evangelios de Mateo y Marcos, este texto se distingue por su lenguaje y su referencia constante a Jesús como "El Salvador" (ὁ σωτήρ), un término que, aunque aparece en los evangelios de Lucas y Juan, no se usa de manera constante en los textos canónicos. Esto sugiere que el fragmento podría reflejar una variante temprana de tradiciones cristianas o un evangelio no reconocido por la Iglesia primitiva como parte del canon.

Además, el autor del texto muestra cierta ignorancia típica respecto al ritual de las abluciones judías, con alusiones que recuerdan pasajes atribuidos al Evangelio de los Hebreos y de los Nazarenos. La narrativa también contribuye al estudio de las prácticas y debates sobre pureza y rituales en las comunidades cristianas tempranas, que estaban influenciadas por lo poco que sabían del judaísmo como por otros movimientos religiosos de la época, en especial por algunas variantes del gnosticismo. Hay referencias a la inutilidad del agua en orden a la purificación interior, así como menciones de "meretrices y flautistas", que reflejan las tensiones y debates en torno a la pureza ritual en el contexto del cristianismo primitivo. La traducción que nos ofrece Aurelio de Santos Otero, en su edición de Los Evangelios Apócrifos[1] es la siguiente: 

… «antes de atacar injustamente, traman toda clase de ardides. Pero estad atentos no sea que os sobrevenga a vosotros también lo mismo que a ellos. Porque estos malhechores de los hombres no sólo reciben su castigo entre los vivos, sino que habrán de sufrir penas y muchos tormentos». Y, tomándolos consigo, los introdujo en el lugar mismo de las purificaciones y se puso a pasear por el templo. Entonces, cierto fariseo, un pontífice por nombre Leví (?), se acercó, salió a su paso y dijo al Salvador: «¿Quién te ha dado permiso para pisar este lugar de purificación y ver estos vasos sagrados sin haberte lavado tú y sin que tus discípulos se hayan mojado los pies? Sino que, estando contaminado, has hollado este templo, que es un lugar puro, donde nadie puede pisar sin haberse primero lavado y mudado y donde nadie osa mirar los vasos sagrados». Y parándose al momento el Salvador con los discípulos, le respondió: «Entonces tú, que estás en el templo, ¿(crees) estar puro?» Le dice él: «Sí estoy puro, pues me he lavado en el estanque de David y he subido por distinta escalera de la que utilicé para bajar y me he puesto vestidos limpios y blancos, y (sólo) entonces he venido y (me he atrevido a) mirar estos vasos sagrados». El Salvador le respondió diciendo: «¡Ay (de vosotros)!, ciegos, que no veis. Tú te has lavado en esta agua corriente, donde se han echado perros y puercos de noche y de día, y, al lavarte, has limpiado lo exterior de la piel, que es lo que las meretrices y flautistas perfuman, lavan, acicalan y adornan para concupiscencia de los hombres, siendo así que su interior está lleno de escorpiones y de toda clase de maldad. Mas, por lo que se refiere a mí y a mis discípulos, de quienes tú afirmas que no nos hemos lavado, (yo te aseguro que) lo hemos hecho utilizando las aguas vivas que proceden de... Mas ¡ay de aquellos que...'» 

Sin querer debatir la exactitud o no de dicha traducción, ofrezco una tradución alternativa, para destacar ciertos matices que seguiré exponiendo y desarrollando:

 "Antes de cometer injusticia, el sabio lo examina todo. Pero cuídense de no sufrir lo mismo que ellos, porque no solo los malhechores entre los hombres reciben su castigo, sino que también soportan gran tormento. Y llevándolos, los introdujo en el lugar de pureza y caminaba en el templo. Y acercándose un fariseo, un sumo sacerdote llamado Leví, se encontró con ellos y dijo al Salvador: '¿Quién te permitió pisar este lugar de pureza y ver estos santos objetos sin haberte lavado, y sin que los pies de tus discípulos hayan sido bautizados? Pero tú, impuro, has pisado este lugar sagrado, que nadie más pisa sin lavarse primero y cambiarse las vestiduras, ni siquiera se atreve a mirar estos objetos sagrados'. Y el Salvador, respondiendo junto con sus discípulos, le dijo: 'Entonces tú, que estás aquí en el templo, ¿eres puro?' Y él respondió: 'Soy puro, porque me lavé en la piscina de David, y habiendo bajado por una escalera, subí por otra, y me puse vestiduras blancas y puras, y entonces vine y miré estos objetos sagrados'. Y el Salvador, respondiendo, le dijo: '¡Ay de ustedes, ciegos que no ven! Tú te lavaste en estas aguas vertidas en las que perros y cerdos han sido arrojados día y noche, y después de lavarte el exterior, lo frotaste, lo que hacen también las prostitutas y las flautistas que se ungen, se lavan, se frotan y se embellecen para la lujuria de los hombres, pero por dentro están llenas de escorpiones y toda maldad. Pero yo y mis discípulos, que dices que no hemos sido bautizados, hemos sido sumergidos en las aguas de la vida eterna que vienen de…'.


También presento aquí una versión en hebreo del mismo pasaje, en especial para atender al gusto de los que consideran que hay algún valor en hebraizar las fuentes que hablan del más popular de los falsos mesías: 

בְּרִאשׁוֹנָה לִפְנֵי לַעֲשׂוֹת עָוֶל כָּל דָּבָר נִשְׁקָל. אֲבָל הִזָּהֲרוּ פֶּן גַּם אַתֶּם תָּבוֹאוּ לִידֵי דוֹמֵיהֶם. כִּי לֹא רַק בַּחַיִּים יְקַבְּלוּ הָרָעִים שֶׁל בְּנֵי אָדָם שְׂכָרָם, אֶלָּא גַּם עוֹנֶשׁ יִשְׂאוּ וְיִסּוּרִים מְרוּבִּים. וְלָקַח אוֹתָם וְהִכְנִיסָם אֶל בֵּית הַטָּהֳרָה וְהָיָה מִתְהַלֵּךְ בַּהֵיכָל. וַיָּבוֹא אֵלָיו פָּרוּשׁ אֶחָד כֹּהֵן גָּדוֹל לֵוִי שְׁמוֹ וַיִּפְגַּשׁ אוֹתָם וַיֹּאמֶר אֶל הַמוֹשִׁיעַ, מִי הִתִּיר לְךָ לִדְרוֹךְ עַל מָקוֹם זֶה, הַטָּהֳרָה, וּלְרָאוֹת אֶת הַכֵּלִים הַקְּדוֹשִׁים הָאֵלֶּה, בְּלִי רְחִיצָה וְאַף תַּלְמִידֶיךָ לֹא רָחֲצוּ אֶת רַגְלֵיהֶם. וְאַתָּה מְטַמֵּא אֶת הַמָּקוֹם הַקָּדוֹשׁ הַזֶּה, אֲשֶׁר אֵין אִישׁ דוֹרֵךְ עָלָיו מִבִּלְעֲדֵי רוֹחֵץ וּמַחֲלִיף אֶת בְּגָדָיו. וְגַם הוּא מֵעֵז לָגַעַת בַּכֵּלִים הַקְּדוֹשִׁים הָאֵלֶּה. וַיַּעֲמֹד הַמוֹשִׁיעַ וְתַלְמִידָיו, וַיַּעַן אוֹתָם וַיֹּאמֶר: אַתָּה כָּאן בְּבֵית הַמִּקְדָּשׁ מְטַהֵר? וַיֹּאמֶר אֵלָיו: מְטַהֵר אֲנִי. כִּי רָחַצְתִּי בְּאֲגַם דָּוִד וְיָרַדְתִּי בְּמַדְרֵגוֹת אֲחֵרוֹת, וְעָלִיתִי בְּמַדְרֵגוֹת אֲחֵרוֹת, וְלָבַשְׁתִּי בְּגָדִים לְבָנִים וּטְהוֹרִים. אָז בָּאתִי וְרָאִיתִי אֶת הַכֵּלִים הַקְּדוֹשִׁים. וַיֹּאמֶר אֵלָיו הַמוֹשִׁיעַ: אוֹי, עִוְרִים שֶׁאֵינָם רוֹאִים רָחַצְתָּ בְּמֵי זְרוֹם, אֲשֶׁר כְּלָבִים וַחֲזִירִים נוֹפְלִים בָּהֶם לַיְלָה וָיוֹם. רָחַצְתָּ אֶת בְּשָׂרְךָ הַחוּצִי, אֲשֶׁר גַּם הַזוֹנוֹת וְהַמְּנַגְּנוֹת סָכוּ בוֹ שֶׁמֶן וְרוֹחֲצוֹת וּמְיַפּוֹת אוֹתוֹ לְתַאֲוַת בְּנֵי אָדָם, אֲבָל מִבִּפְנִים הֵן מְלֵאוֹת עַקְרָבִּים וְכָל רֶשַׁע. וַאֲנִי וְתַלְמִידַי אֲשֶׁר אָמַרְתָּ שֶׁלֹּא טָבְלוּ, רְחוּצִים בְּמֵי חַיִּים נִצְחִיִּים הַבָּאִים מֵאֵל... .

Aquí no pretendo dar mayores datos técnicos sobre el fragmento en cuestión, basta con ir a las fuentes de referencia para más detalles precisos por parte de los especialistas en la materia. Mi enfoque y análisis está centrado en comentar un aspecto que claramente está expuesto en el título de este escrito, pero antes debo señalar al menos cuatro aspectos y particularidades: 

1) El fragmento evangélico de Oxirrinco (P. Oxy. 840) está centrado en una crítica a la pureza externa versus la pureza interna. Este detalle evidente, debe ser destacado, ya que indica el motivo de la disputa y aún más el de un conflicto de moralidades que ahí se develan. La contraposición entre la pureza ritual externa y la pureza interna del corazón, es el núcleo del asunto que desata el conflicto de la escena representada en el conflicto que Jesús tiene con el fariseo sacerdote (un oxímoron para la época que dice representar y que da cuenta del poco nivel de conocimiento que el autor tiene del judaísmo de entonces) Leví con “el Salvador”, que  critica la idea de que la limpieza , o los rituales superficiales, puedan garantizar la verdadera pureza, y que compara a los fariseos con prostitutas y flautistas que se preocupan más por la apariencia externa que por su estado interno. 

2) El texto emplea un tono bastante severo y directo, usando expresiones como "¡Ay de ustedes, ciegos que no ven!" y comparaciones despectivas, como eso de "perros y cerdos" que contaminan las aguas. Este tipo de lenguaje es típico de ciertos pasajes evangélicos donde Jesús reprende a las autoridades, particularmente a los fariseos, por su hipocresía y énfasis en los rituales en lugar de la moralidad y la espiritualidad que él presume defender.

3) El documento presenta una estructura de diálogo típica de los evangelios apócrifos y canónicos, en los cuales Jesús interactúa con sus oponentes o críticos, increpándolos (Mateo 15:1-20, Marcos 7:1-23). La forma dialógica refleja un método común en la enseñanza de la época, donde la confrontación verbal -qué no el sano debate- era una herramienta para adoctrinar e imponer ideas, y que sin duda servirían como antecedente “escritural” para las polémicas medievales entre judíos y cristianos. 

4) Referencias rituales judías erróneas que reflejan una clara ignorancia del redactor. El pasaje menciona presuntos elementos específicos del judaísmo, como la piscina de David, las vestiduras blancas y la pureza ritual en el Templo, a fin de dar un escenario contextual (falso) al tema que se pretende discutir: el falso valor de los ritos de purificación. Estos detalles pretenden situar al texto en un contexto judío propio del Segundo Templo, pero crean una imagen equivocada a fin de operar y emplear un “hombre de paja” al cual derrotar más fácilmente.  

De acuerdo al Sacerdote Jesuita y Doctor en Teología Bíblica, Tomás García-Huidobro, en un artículo tituladoEl Imaginario del Templo en el Fragmento de Oxirrinco 840” [2], se deben considerar los siguientes aspectos de este breve documento: 

  1. Contexto del fragmento: El texto, datado entre los siglos III-IV, muestra a Jesús en el Templo de Jerusalén, donde interactúa con un sumo sacerdote llamado Leví. Este cuestiona la pureza ritual de Jesús y sus discípulos por no haberse lavado antes de entrar en el "lugar de las purificaciones" ni observar los rituales tradicionales.

  2. Personajes y simbología: Leví, identificado como sumo sacerdote y fariseo (aunque ningún fariseo ocupó tal cargo históricamente), representa a un grupo cristiano que sigue estrictamente los rituales de purificación, especialmente en lo que concierne al acceso a la eucaristía. Jesús, por otro lado, representa a un grupo con una visión diferente de la pureza, priorizando una pureza espiritual interna.

  3. Disputa teológica: El diálogo refleja una confrontación entre dos grupos cristianos. Leví defiende la importancia de los rituales externos de purificación para participar en la eucaristía, mientras que Jesús critica esta dependencia de los ritos externos, señalando que la verdadera pureza es interna.

  4. Simbolismo del bautismo y la eucaristía: La "piscina de David" que menciona Leví probablemente representa el baptisterio cristiano, y los "vasos sagrados" podrían referirse a los utensilios litúrgicos de la eucaristía. El "lugar de la purificación" parece aludir a un espacio de abluciones, posiblemente ubicado en el atrio de las primeras iglesias cristianas.

  5. Mensaje central: El fragmento subraya una disputa entre quienes veían los rituales de purificación como un requisito esencial para participar en la eucaristía y quienes, como Jesús, defendían una pureza interior y espiritual como la verdadera forma de contemplar las realidades divinas.

En este mismo documento, Tomás García-Huidobro, detalla que el fragmento evangélico de Oxirrinco 840 es una forma velada de exponer una disputa interna entre cristianos del período que tenían diferencias en cuanto a la purificación, de modo tal que detrás de Jesús y Leví, más que un altercado judaico, hay un debate velado entre cristianos, representados en ellos. Citemos este punto en su extensión: 

El fragmento evangélico de Oxirrinco 840 fue encontrado en la región egipcia que lleva su nombre a fines del siglo XIX. A pesar de su brevedad es sumamente sugerente porque una vez más se demuestra cómo las tradiciones cristianas desde el origen estuvieron ligadas a ciertas teologías relacionadas con el templo de Jerusalén. 

Ahora bien, ¿qué grupos humanos, representados por el sumo sacerdote y Jesús, estaban en conflicto? Lo primero que llama la atención es que para ambos, y de diferente forma, ciertas teologías del templo de Jerusalén eran importantes. No conocemos nada acerca de la piscina de David con sus escaleras para bajar y subir. Es probable que esta piscina sea parte del imaginario cultual relacionado con el templo de Jerusalén, pero que en verdad se esté refiriendo al temprano baptisterio cristiano que responde mejor a la descripción. En este baptisterio el creyente también se cambia de ropajes, adoptando una túnica blanca. Respecto a los vasos que los peregrinos contemplaban, es posible que se refieran a los que estaban sobre la mesa del pan de la presencia, los que sin embargo históricamente los peregrinos no podían ver salvo en contadas ocasiones después de la celebración de ciertos festivales. Este “ver” se encuentra en un lugar estratégico del texto lo que nos hace pensar que en un contexto cristiano se estén refiriendo a los utensilios litúrgicos propios de la eucaristía. También el texto habla del “lugar de la purificación”, pero ¿a qué lugar se refiere? Se supone que estaría en el “área del templo” pero no tenemos más idea que nos ayuden a identificar qué se tiene en mente. Es probable que lo que se piense es en el lugar donde el creyente cristiano se lava los pies y las manos localizado en el medio del atrium que antecede a las iglesias. Incluso hoy en día en las iglesias católicas en la entrada hay agua bendita para que el creyente haga una ablución al entrar. De hecho, toda la terminología que se relaciona con la purificación es abundante en el texto en cuestión. Todo esto nos hace pensar que el verdadero contexto del documento es la disputa entre dos grupos cristianos en relación a los ritos de purificación que se demandaban de los creyentes. El sacerdote en la narrativa demanda una correcta práctica litúrgica del bautismo y de la purificación, para acceder de manera adecuada a la eucaristía. El Salvador, en cambio, aboga por una pureza espiritual para poder contemplar las realidades divinas. 

Ahora más allá de si tal pasaje refleja una disputa real entre Jesús y un Prushim “sacerdote” o es reflejo de un debate interno y posterior entre cristianos sobre asuntos de purificación, como sugiere García-Huidobro, hay algo que nos debe quedar muy claro y que se hace evidente en la exposición literal del texto: la soberbia de Jesús.

Esa soberbia de Jesús es una imagen constante y coherente en la mayoría de fuentes que nos presentan a dicho personaje, ya sean canónicas, apócrifas, gnósticas o fragmentarias. Contrario a la idea que generalmente sus seguidores quieren hacer creer de él, presentando a un hombre-dios humilde y manso, Jesús en muchas de las fuentes que lo mencionan presenta todas las características contrarias. Teniendo en cuenta esto, cabe decir sin ambigüedad que el fragmento evangélico de Oxirrinco (P. Oxy. 840) si bien puede contener elementos inverosímiles, sí presenta una imagen coherente de las características morales de Jesús y en ese sentido es un texto creíble. 

Examinando pasajes de fuentes cristianas podemos comparar y corroborar lo que afirmo: 

  •  “En el templo encontró a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados. Entonces, haciendo un látigo de cuerdas, echó a todos del templo, junto con las ovejas y los bueyes; y derribó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas. Y les dijo: ‘Escrito está: Mi casa será llamada casa de oración, pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones.’” (Juan 2:14-16, NVI)


  • Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, ¡hipócritas! Ustedes cierran el reino de los cielos ante la gente. Ni entran ustedes, ni dejan entrar a los que están a punto de entrar.”


  • “¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas! Ustedes son como tumbas blanqueadas, que por fuera lucen hermosas, pero por dentro están llenas de huesos de muertos y de toda clase de impurezas.” (Mateo 23: 13, 27 - NVI)

Como esos hay otros pasajes en los evangelios canónicos. Examinemos ahora otros textos menos conocidos de los apócrifos, que si bien catalogados como ficciones tardías, nos siguen presentando esa misma imagen de soberbia, incluso desde niño. Así en la redacción griega del llamado “Evangelio de Santo Tomás 6: 1-3 [3], se nos presenta la siguiente patética historia: 

“Y un maestro de escuela, llamado Zaqueo, que se encontraba allí, oyó a Jesús hablar así a su padre, y lo sorprendió mucho que un niño se expresase de aquella manera. Y, algunos días después, se acercó a José, y le dijo: Tienes un hijo dotado de buen sentido e inteligencia. Confíalo a mi cuidado, para que aprenda las letras, y, con las letras, le enseñaré toda ciencia. Y también le enseñaré a saludar a los mayores, a honrarlos como antepasados, a respetarlos como padres, y a amar a los de su edad. Y le escribió todas las letras del alfabeto desde Alpha hasta Omega muy puntualmente y con toda claridad. Mas Jesús, mirando a Zaqueo, le dijo: Tú, que no conoces la naturaleza del Alpha, ¿cómo quieres enseñar a los demás la Beta? Hipócrita, enseña primero el Alpha, si sabes, y después te creeremos respecto a la Beta. Luego se puso a discutir con el maestro de escuela sobre las primeras letras, y Zaqueo no pudo contestarle”.


Mas adelante, y luego de otros eventos bastante retorcidos, todo concluye así (Evangelio de Santo Tomas 8:1-2): 

Y, mientras los judíos daban consejos a Zaqueo, el niño rompió a reír, y dijo: Ahora que tu aventura produce sus frutos, y que los ciegos de corazón ven, he aquí que yo vengo de lo alto para maldecirlos, y para llamarlos a lo alto, como me lo ordenó el que me ha enviado a causa de vosotros. Y, cuando el niño hubo acabado de hablar, pronto todos los que habían caído antes bajo su maldición, quedaron curados. Y nadie, desde entonces, se atrevió a provocar nunca su cólera, por miedo a que los maldijese, y los hiriese de enfermedad.


Esta forma de tratar a sus mayores o a personas que detentan cierta autoridad hace eco con lo que el Toldot Yeshu nos dice en el capítulo 2, 3 o el 4 en cualquiera de sus versiones [4], ciertamente no se coincide en la forma narrativa sino en el contenido profundo y esencial de lo que en realidad es y representa el personaje de Jesús: el epitome de la judeofobia, que es seguramente lo que se disfraza a través de su ficción, y que se expresa en esa altanería con la que pretende altercar contra su oponente, en especial si este es judío y representa a las tradiciones.    

Retomando el hilo argumental expuesto, resulta pertinente profundizar en la noción de soberbia no como un juicio moral improvisado, sino como una categoría descriptiva que permite articular la lectura del fragmento de Oxirrinco 840 con una red más amplia de testimonios sobre la figura de Jesús. La soberbia, entendida como esa actitud de superioridad que lleva al sujeto a colocarse por encima de los demás —frecuentemente acompañada de desprecio, dificultad para aceptar críticas y una autoconfianza que bordea lo incuestionable, no es un rasgo marginal en la caracterización del personaje, sino un elemento estructural que atraviesa múltiples fuentes, canónicas y no canónicas.

En el fragmento que nos ocupa, esta actitud se cristaliza en la forma misma del diálogo: Jesús no debate, no argumenta en el sentido dialéctico clásico. Lo que hace es sentenciar sin mediar en reflexión alguna. La réplica al fariseo Leví no busca el entendimiento ni la aclaración recíproca, sino la descalificación radical e inmediata, sin un trabajo intelectual previo o consideración por lo que el otro hace. Frases como «¡Ay de ustedes, ciegos que no ven!» (¡Claro, son ciego por lo tanto no ven!) o la comparación con «perros y cerdos» que contaminan las aguas de purificación, no constituyen meras figuras retóricas, sino gestos discursivos que establecen una jerarquía inapelable: quien habla posee una verdad que el otro, por definición ritualista y externa, es incapaz de alcanzar. Esta dinámica no es accidental; responde a un patrón que se repite en los evangelios sinópticos (Mateo 23, Marcos 7) y que encuentra eco incluso en textos de la infancia como el Evangelio de Tomás, donde el niño Jesús humilla públicamente a su maestro Zaqueo con una superioridad intelectual que no admite réplica. Jesús es el modelo del pasado de toda grosería y falta de respeto a las autoridades. 

Lo notable es que esta soberbia no se presenta como un defecto, sino como un signo de autoridad. El Jesús del fragmento no pide permiso para interpretar la pureza; redefine la pureza. No solicita validación ritual; invierte los términos de la validación e impone sus criterios… sin criterio alguno. Y lo hace desde una posición que no se justifica ante las normas, sino que se coloca por encima de ellas sin ninguna consideración. Esta inversión es, precisamente, lo que permite leer el texto no solo como una disputa sobre abluciones, sino como una confrontación entre dos epistemologías: la del especialista que opera dentro de un sistema normativo (en este caso el ficticio fariseo Leví) y la del "iluminado" que reclama acceso directo a una verdad que trasciende y, en última instancia, invalida ese sistema.

Si prestamos atención el fragmento se organiza alrededor de tensiones binarias que no son meramente temáticas, sino que funcionan como el esqueleto argumental del enfrentamiento. Cada polo es defendido por uno de los interlocutores, y es en esta distribución donde se revela la estrategia discursiva. Apreciemos esto a través de la siguiente tabla

Polaridad

Defendida por el Fariseo Leví

Defendida por el Salvador

Puro vs. Impuro

La pureza se alcanza mediante rituales externos: lavado en la piscina de David, vestiduras blancas, escaleras diferenciadas.

La pureza es interna; el lavado externo con aguas contaminadas es inútil si el interior está lleno de "escorpiones y toda maldad".

Exterior vs. Interior

El cumplimiento visible de los ritos legitima el acceso a lo sagrado.

Lo visible carece de valor si no hay transformación interior; la piel lavada no purifica el alma.

Temporal vs. Eterno

Los ritos se ejecutan en el tiempo presente para garantizar la pureza inmediata en el espacio sagrado.

El bautismo en "aguas de vida eterna" trasciende el ritual temporal y conecta con una dimensión escatológica.

Cuerpo vs. Espíritu

La purificación del cuerpo mediante agua y vestimenta es condición necesaria para la santidad.

El cuerpo puede estar limpio y el espíritu corrupto; la verdadera pureza es espiritual.

Ritual vs. Moral

La observancia normativa es suficiente para la legitimidad religiosa.

La moral interna supera y juzga el ritual; la hipocresía ritual es condenable.

Visible vs. Invisible

Lo que puede ser verificado por la comunidad (lavado, vestimenta) es lo que cuenta.

Lo invisible (la intención, el estado del corazón) es lo que determina la verdadera relación con lo divino.


Lo que resulta significativo es que el fariseo (no importa en este punto que sea claramente ficticio) no defiende estas posiciones desde la ignorancia, sino desde la especialización. Su discurso está anclado en una tradición ritual concreta, con referencias topográficas (la piscina de David), procedimentales (escaleras de acceso diferenciadas) y vestimentarias (ropas blancas) que reflejan un conocimiento técnico del sistema de pureza del Segundo Templo. En este sentido, “Leví” encarna al experto que opera dentro de un marco normativo establecido, y eso lo saben los redactores del texto y así deben caracterizarlo para buscar ser lo más realista posibles o bien porque intuitivamente saben que así opera estructuralmente la mentalidad de un “fariseo”. Jesús, por el contrario, no refuta los detalles técnicos, los trasciende desde la arbitrariedad.  No discute si el agua de la piscina de David es ritualmente válida; afirma sin más que toda agua externa es insuficiente si no hay pureza interior. Esta estrategia no es para nada dialéctica, busca ser performativa: no busca ganar el debate dentro de las reglas del otro, sino cambiar las reglas del debate para él quedar bien desde su imaginario egocentrista. 

Para comprender la profundidad de la acusación implícita en la lectura que proponemos, resulta útil recurrir al concepto hebreo de גַּאֲוָה  (gaavá), término que designa la soberbia como altivez, orgullo desmedido y elevación propia por encima de los demás. La raíz ג-א-ה  (gáah), que significa "elevarse" o "levantarse", sugiere precisamente ese movimiento de auto-exaltación que caracteriza la actitud del Jesús presentado en este fragmento. 

En la literatura sapiencial hebrea, la gaavá es sistemáticamente condenada: «Antes del quebrantamiento está la soberbia, y antes de la caída, la altivez de espíritu» (Mishlé/Proverbios 16:18). La tradición ética judía, desde el Talmud hasta la Kabalá, opone a la gaavá la virtud de la anavá (עֲנָוָה), la humildad, considerada condición indispensable para la conexión con lo divino. Desde esta perspectiva, la actitud de Jesús en P. Oxy. 840 —su descalificación del fariseo, su afirmación de poseer una pureza que trasciende la ley, su tono sentencioso— no solo sería criticable, sino éticamente problemática.

Esto no implica, por supuesto, que el autor del fragmento compartiera esta valoración negativa de la gaavá. Por el contrario, es probable que la soberbia de Jesús fuera leída por su comunidad como un signo mesiánico: la autoridad que no se somete a la ley porque es la fuente de una ley superior. Pero precisamente ahí radica el núcleo de la tensión: lo que para unos es humildad espiritual (la renuncia a los ritos externos), para otros puede leerse como la máxima expresión de soberbia (la pretensión de redefinir unilateralmente los términos de lo sagrado).

La lectura del fragmento de Oxirrinco no se sostiene en el aislamiento. Cuando se coteja con el resto del corpus de las enseñanzas atribuidas a Jesús, emerge un patrón discursivo constante que trasciende la división entre fuentes canónicas, apócrifas y polémicas. En los evangelios sinópticos, la confrontación con los custodios de la Torá no se plantea como un intercambio pedagógico, sino como una desautorización frontal. El episodio de la expulsión de los mercaderes del Templo (Juan 2,14-16) no opera como una reforma litúrgica negociada, sino como una toma de posesión unilateral: Jesús impone su autoridad física y retórica sobre un espacio regulado por siglos de tradición sacerdotal, normativa levítica y consenso social. Las invectivas de Mateo 23 (vv. 13, 27) siguen idéntica estructura: no hay espacio para la matización; el fariseo es calificado sin más de "tumba blanqueada", "ciego", "hipócrita". La mecánica es siempre la misma: afirmación de una verdad interna superior, descalificación del ritual externo y sentencia inapelable.

Esta misma dinámica se reproduce, con mayor crudeza aún, en los textos de la infancia. En el Evangelio de Tomás (gr.) 6,1-3 y 8,1-2, el niño Jesús no busca aprender; busca someter al otro presentando su postura como superior solo porque emana de él. La humillación pública de Zaqueo, maestro de escuela, no es un episodio de precocidad intelectual, sino una demostración de soberbia ontológica y casi, para mí, de defecto congénito: «¿Tú, que no conoces la naturaleza del Alpha, cómo quieres enseñar la Beta?» pregunta ese niño grosero, ignorando que e conocimiento de una serie de elementos se da mejor en el conjunto de dicha serie y no por la abstracción solitaria de uno de sus elementos. La estructura es gemela a la de P. Oxy. 840: el especialista es reducido al silencio, no por refutación dialéctica, sino por descalificación de epistemología mal fundada. El texto culmina con la amenaza explícita de maldición y la sumisión por miedo. 

Lo que la exégesis tradicional suele leer como "contradicción" entre un Jesús manso y uno severo, se revela, bajo esta lente, como una coherencia caracterológica de un personaje que con toda seguridad era así en realidad: lo que han hecho las tradiciones por distintas vías es apuntar hacia ese mal e indeseable carácter. La soberbia no es un añadido retórico ni un desliz narrativo; es el motor discursivo que permite al personaje posicionarse por encima de la Torá, del Templo y de sus intérpretes autorizados. Incluso en tradiciones judías posteriores como el Toldot Yeshu, esta altanería es reconocida y tematizada como el rasgo definitorio del impostor mesiánico. Lo que varía entre las tradiciones es la valoración moral, no el rasgo observable. La imagen que se desprende del conjunto de fuentes es la de un sujeto que no negocia su autoridad, sino que la ejerce a fin de presionar a que su auditorio termine por aceptar su posición. Antecedente indiscutible del espíritu fanático de todo líder sectario. 

La hipótesis de Tomás García-Huidobro, que sitúa P. Oxy. 840 en el marco de una controversia interna cristiana sobre la purificación ritual previa a la participación eucarística, no debilita la lectura de la soberbia; por el contrario, la explica en su función comunitaria y retórica. Si el fariseo Leví representa a un grupo cristiano ritualista (que exige abluciones, cambio de vestiduras y purificación física para acceder a los "vasos sagrados") y el Salvador representa a un grupo espiritualista (que prioriza la pureza interna y el "bautismo en aguas de vida eterna"), entonces el texto no describe un encuentro histórico, sino una batalla teológica encubierta.

En este escenario, la soberbia de Jesús cumple una función polémica precisa: legitimar la postura espiritualista mediante la desautorización absoluta de la ritualista. El fariseo no es un judío histórico del siglo I, es un "hombre de paja" construido con elementos anacrónicos y técnicamente imprecisos (la piscina de David con escaleras de acceso diferenciadas, la confusión entre fariseo y archiereus, la inexistencia de tal requisito en la halajá del Segundo Templo) para ser derrotado con facilidad. La ignorancia ritual del autor no es un error casual; es una herramienta de combate doctrinal con la que opera para debilitar la postura del judaísmo que imagina pero que es el que se queda en la memoria como filtro distorsionante del judaísmo real. Al presentar al especialista como obsesionado con lo externo y moralmente corrupto por dentro ("lleno de escorpiones y toda maldad"), el texto cristiano no solo gana un debate litúrgico, sino que consagra la altanería de su maestro como virtud fundacional. La soberbia discursiva se convierte, así, en el arma de una facción contra otra, proyectada sobre la figura de Jesús para otorgarle una autoridad que no admite réplica dentro de la comunidad.

Abandonar la lectura tradicional que prioriza la anavá (humildad) como clave hermenéutica y optar por la gaavá (soberbia) no es un ejercicio de iconoclasia, sino un ajuste metodológico que permite alinear el texto con su propia estructura discursiva. Cuando se lee P. Oxy. 840 desde la humildad, las palabras del Salvador se suavizan o se espiritualizan por conveniencia interpretativa: «ciegos que no ven» se transforma en "llamado a la introspección"; la comparación con prostitutas y flautistas se lee como "metáfora de la vanidad mundana"; la afirmación de haberse lavado en "aguas de vida eterna" se interpreta como "promesa de gracia divina". Pero el texto no solicita suavización, debe leerse en su estructura profunda para confrontarlo. 

Por el contrario, leer desde la gaavá restaura la tensión original del fragmento. Revela que el Jesús que habla en Oxirrinco no dialoga nunca, sino que juzga sin justo juicio. No invita al debate, sino que excluye por principio. No pretender hacer corrección alguna, de inmediato solo condena. Esta postura encuentra un eco estructural en una dinámica que contemporáneamente sufrimos y que el texto parece anticipar: la del "iluminado" que, sin formación en el sistema que critica, se arroga el derecho a deslegitimar al especialista. El terraplanista que increpa al astrónomo o geólogo, el antivacunas que alega con el virólogo, el “teórico” de la conspiración que discute sin razón con el científico social. En Jesús todos ellos están prefigurados. El fariseo Leví, con su defensa de la piscina, las escaleras y las vestiduras blancas, representa al experto que opera dentro de un marco normativo probado y comunitariamente validado. Jesús representa al que clama una verdad superior que no necesita validación externa ni sometimiento a la tradición. La historia endulzada y acrítica, como el texto, tiende a conservar la voz del segundo y a silenciar la del primero.

La coherencia de esta lectura radica en su capacidad para integrar lo que otras aproximaciones fragmentan. No hay un Jesús "manso" y otro "severo"; hay un personaje cuya autoridad se construye discursivamente mediante la descalificación del otro. Ya sea en el Templo de Jerusalén, en el aula de Zaqueo o en el debate eucarístico de una comunidad egipcia del siglo III-IV, el patrón es invariable: la soberbia no es un defecto accidental, sino la condición de posibilidad de su mensaje, y quizás hasta su mismo núcleo. Reconocerlo no implica emitir un juicio moral, sino leer el fragmento en su integridad textual, sin los filtros apaciguadores que la recepción posterior ha impuesto. P. Oxy. 840, con sus imprecisiones rituales y su tono sentencioso, no es una anomalía. Es un testimonio lúcido de cómo se forja la autoridad en el discurso religioso fanático: no mediante el diálogo simétrico, sino mediante la imposición de una verdad que se declara a sí misma inapelable.



Notas.

[1] Los Evangelios Apócrifos. Biblioteca de Autores cristianos, Madrid, 2003, pp 74-78.

[2] Tomás García-Huidobro, Tomás. “El Imaginario del Templo en el Fragmento de Oxirrinco 840”, en  https://tomasgarciahuidobro.com/el-imaginario-del-templo-en-e/  (consultado 3/05/2026)

[3] En este mismo evangelio apócrifo hay muchos otros pasajes donde Jesús de niño es presentado como un truhan que mata de manera caprichosa a otros niños. Como ejemplo (4:1-2):  Otra vez, Jesús atravesaba la aldea, y un niño que corría, chocó en su espalda. Y Jesús, irritado, exclamó: No continuarás tu camino. Y, acto seguido, el niño cayó muerto. Y algunas personas, que habían visto lo ocurrido, se preguntaron: ¿De dónde procede este niño, que cada una de sus palabras se realiza tan pronto? Y los padres del niño muerto fueron a encontrar a José, y se le quejaron, diciendo: Con semejante hijo no puedes habitar con nosotros en la aldea, donde debes enseñarle a bendecir, y no a maldecir, porque mata a nuestros hijos”.

[4] ara examinar las variantes textuales del Toldot Yeshu en español, véase el artículo de Oraj HaEmet “El Toldot Yeshu, La historia judía popular sobre Jesús de Nazaret”, en https://www.orajhaemeth.org/p/toldot-yeshu.html