La historia del cristianismo primitivo está plagada de incómodas verdades textuales que las corrientes modernas prefieren ignorar. Una de las más perturbadoras se encuentra en el corazón mismo del Sermón del Monte, específicamente en Mateo 5:17, donde aparece la enigmática palabra griega πληρῶσαι (plērōsai).

Codex Sinaiticus, folio 201b: πληρῶσαι
Este término ha sido objeto de manipulación hermenéutica durante siglos, pero un examen riguroso de las fuentes patrísticas, talmúdicas y marcionitas revela una conclusión que derrumba los fundamentos teológicos de movimientos contemporáneos como las Raíces Hebreas, el cristianismo mesiánico y las diversas denominaciones protestantes y católicas que insisten en alguna forma de continuidad con la Torá mosaica. La tesis es simple y devastadora: tanto la lectura canónica como la lectura marcionita de Mateo 5:17 conducen al mismo resultado práctico, a saber, que la Ley mosaica ya no tiene vigencia para los seguidores de Yeshú (Jesús). Y la reconstrucción crítica más rigurosa del Evangelio que circuló entre las comunidades marcionitas —hoy fijada con un rigor sin precedentes por Dieter T. Roth en The Text of Marcion's Gospel (Roth, 2015)— añade a esta discusión no es un detalle periférico, sino la prueba de que la ambigüedad de πληρῶσαι no fue un accidente semántico aislado del siglo I, sino el epicentro de una batalla textual y teológica que atravesó todo el cristianismo del siglo II.
El Codex Sinaiticus, datado alrededor del año 350 de la era común y considerado uno de los manuscritos griegos más antiguos del Nuevo Testamento, presenta el texto de Mateo 5:17 de la siguiente manera:

μη νομιϲητε ο
τι ηλθον καταλυ
ϲαι τον νομον
η τουϲ προφηταϲ
ουκʼ ηλθον κατα
λυϲαι αλʼλα πλη
ρωϲαι ·
(‘No penséis que vine a destruir la Ley o los Profetas; no vine a destruir sino a cumplir/completar’).
-Codex Sinaiticus, folio 201b; Cf. Codex Vaticanus folio 1239b.
Este texto, que representa la tradición textual que eventualmente se impuso como ortodoxa, contiene una antítesis aparentemente clara entre καταλῦσαι (katalysai, destruir) y πληρῶσαι (plērōsai, cumplir/completar). Sin embargo, esta aparente claridad se desmorona cuando examinamos no solo las fuentes patrísticas que documentan la lectura marcionita del pasaje, sino también cuando analizamos críticamente el significado preciso de los términos griegos empleados y su contexto cultural.
La primera cuestión que debe abordarse es la del término mismo νόμον (nomon) en el texto griego. En el contexto judío helenístico, la palabra griega νόμος (nomos) traducía el hebreo תּוֹרָה (Torá), pero esta traducción no era semánticamente neutral. El término griego νόμος tenía connotaciones específicas en el mundo greco-romano que no se correspondían perfectamente con el concepto hebreo de Torá. Más problemático aún es el uso de este término cuando se considera que en arameo, la lengua que probablemente hablaba Yeshú, la palabra נָמוּסָא (namusah, transliterada del griego nomos) significaba específicamente “costumbre o práctica pagana”. El Targum de Onkelos sobre Vaicra / Levítico 20:23 usa precisamente este término:

וְלָא תְהָכוּן בְנִמוֹסֵי עַמְמַיָא
(‘No debes practicar las costumbres de los gentiles’).
El Midrash Rabá sobre Berreshit / Génesis 48:18 emplea la misma raíz: עלת לקרתה הלך בנימוסה (‘Cuando hayas entrado en una ciudad, sigue su costumbre’). Como indica la etimología griega, νόμος esencialmente se traduce como “derecho consuetudinario”, y en contextos judíos, específicamente como “derecho consuetudinario entre los gentiles” (חֻקֹּ֣ת הַגּ֔וֹי).
Esta dimensión semántica plantea una posibilidad interpretativa radicalmente diferente: si Yeshú pronunció su discurso en griego o en arameo utilizando la palabra nomos o nimusa, no estaría haciendo alusión a la Torá de Moisés en absoluto, sino a la ley de los gentiles, es decir, a la ley romana o a las costumbres paganas. En tal caso, la declaración "no vine a destruir el nomos sino a cumplirlo" no tendría nada que ver con la Toráh, sino que sería una afirmación política sobre su relación con el imperio romano. Esta lectura se ve reforzada por el segundo término del pasaje: προφήτας (profetas). En el contexto griego clásico, un προφήτης (profētēs) no era un profeta hebreo en el sentido bíblico, sino específicamente “alguien que habla por un dios e interpreta su voluntad al hombre”. Heródoto en Las Historias 8.36 se refiere a “profetas intérpretes de Delfos”, Esquilo en Euménides 19 habla de “un intérprete de Apolo de Delfos”, y Eurípides en Bacantes 551 menciona “intérprete, expositora de la voluntad de Zeus, de Tiresias”. Si tomamos estos términos en su sentido griego natural, Mateo 5:17 estaría diciendo:
“No penséis que vine a destruir el derecho romano y los oráculos de los dioses greco-romanos; no vine a destruirlos sino a cumplirlos”.
Esta lectura parecería absurda en un contexto cristiano, pero es precisamente lo que el texto griego dice si se toman los términos en su sentido cultural original en lugar de asumir que son meras traducciones del hebreo Torá y Nevi’im.
Esta ambigüedad terminológica no es un mero ejercicio académico, sino que apunta a un problema fundamental en la transmisión del mensaje de Yeshú de un contexto semítico a uno helenístico. Los redactores griegos de los evangelios enfrentaron el dilema de cómo traducir conceptos judíos a un público greco-romano, y en el proceso, los términos que eligieron trajeron consigo connotaciones culturales que no necesariamente correspondían a las intenciones originales. Esta ambigüedad se vuelve aún más problemática cuando examinamos las fuentes patrísticas que documentan interpretaciones radicalmente divergentes del pasaje, y aquí es donde la reconstrucción de Roth aporta un rigor que la discusión tradicional sobre Marción rara vez alcanza, precisamente porque distingue con extremo cuidado entre lo que cada fuente patrística permite afirmar con certeza y lo que solo permite conjeturar.
El propio corpus de testimonios antimarcionitas conserva, en el llamado Diálogo de Adamancio (Διάλογος περὶ τῆς εἰς Θεὸν ὀρθῆς πίστεως), un dato notable para nuestra tesis: en el segundo libro del diálogo, el disputante marcionita llamado Marcos (Markus) apela a una versión alterada de Mateo 5:17 en su intercambio con Adamancio (Adam. 88,33, correspondiente a la división 2.15 de la edición de Caspari), lo que Roth describe explícitamente como "the altered version of Matt 5:17" atribuida a Marcos (Roth, 2015, p. 49, n. 15).
Conviene detenerse en el texto mismo de esa "versión alterada" antes de pasar a las precisiones filológicas, porque la fuerza retórica de lo que los herederos de Marción seguían invocando generaciones después solo se aprecia leyendo la fórmula completa. El disputante marcionita, identificado en el diálogo bajo el siglo {ΜΚ.} (Marcos), pone en boca de Yeshú la fórmula invertida
—οὐκ ἦλθον πληρῶσαι τὸν νόμον ἀλλὰ καταλῦσαι (‘no vine a cumplir la Ley sino a destruirla’ )— y acompaña esta cita de una acusación explícita de falsificación textual contra la Gran Iglesia ya que los marcionitas consideraban la versión canónica una falsificación de los judaizantes, como declara el Diálogo de Adamancio en la página 45:


«Τοῦτο οἱ Ἰουδαϊσταὶ ἔγραψαν, τὸ οὐκ ἦλθον καταλῦσαι τὸν νόμον ἀλλὰ πληρῶσαι· οὐχ οὕτως δὲ εἶπεν ὁ Χριστός, λέγει γάρ· οὐκ ἦλθον πληρῶσαι τὸν νόμον ἀλλὰ καταλῦσαι»
(esto escribieron los judaizantes: “no vine a destruir la Ley sino a cumplirla”; pero el Cristo no habló así, pues dice: “no vine a cumplir la Ley sino a destruirla”)
(Van de Sande Bakhuyzen, W. H. (Ed.). (1901). Der Dialog des Adamantius περὶ τῆς εἰς θεὸν ὀρθῆς πίστεως. J.C. Hinrichs. p. 45).
En hebreo mishnaico —«traducción personal»—, esta inversión se formula con exactitud técnica como:
«לֹא בָאתִי לְמַלֵּא אֶת הַתּוֹרָה כִּי אִם לְבַטְּלָהּ»
(lo vati lemalé et haTorah ki im levatlah, "Yo no vine a cumplir la Torah sino a anularla"),
donde el infinitivo לְבַטְּלָהּ (levatlah) es el piel de בְּטֵל con sufijo acusativo de tercera persona femenina referido a la Torah, construyendo el mismo enunciado técnico-halájico de anulación normativa que el Talmud Bavli en Avodah Zarah 53a documenta con la disputa entre Rabí y los Sabios:
«מְכָרָהּ אוֹ מִשְׁכְּנָהּ רַבִּי אוֹמֵר בִּיטֵּל וַחֲכָמִים אוֹמְרִים לֹא בִּיטֵּל» ("si la vendió o la empeñó, Rabí dice: la anuló; y los Sabios dicen: no la anuló")
(Talmud Babilónico, Avodah Zarah 53a. En Steinsaltz, A. (Ed.). (2012). Koren Talmud Bavli: Tractate Avodah Zarah. Koren Publishers Jerusalem. p. 53a),
Donde el término articula la cancelación definitiva del estatus legal vinculante de un objeto o sistema sagrado.
Repárese en la gravedad de lo que Marcos está afirmando: no propone una lectura alternativa entre varias igualmente legítimas del mismo logion ambiguo, sino que acusa lisa y llanamente a los Ἰουδαϊσταί ("judaizantes") de haber invertido por escrito la fórmula original para hacer decir a Yeshú precisamente lo contrario de lo que dijo. Y aquí se impone una precisión ortográfica que la edición crítica normaliza pero que ningún lector atento debería pasar por alto: donde el texto impreso lee sistemáticamente Χριστός ("el Ungido"), la distinción entre Χριστός y Χρηστός (Chrēstós, "el Bueno") era doctrinalmente decisiva para Marción y sus discípulos —el primero designaba al mesías prometido en las escrituras de Israel, hijo del Demiurgo creador de la Torá; el segundo, al emisario del dios extraño y superior, sin continuidad alguna con el Demiurgo ni con su ley—, distinción que Harnack documenta al señalar que para los marcionitas "der Erlöser ist nicht der verheissene Christus, sondern der Chrestos, der Gütige" (el redentor no es el Cristo prometido, sino el Chrestós, el Bondadoso) (Harnack, 1924, pp. 127–134). El iotacismo del griego koiné del siglo II —la convergencia fonética entre η e ι— hacía que ambos términos sonaran prácticamente idénticos en boca del pueblo, lo cual explica tanto la normalización editorial moderna cuanto la ambigüedad que el propio Marcos, al recitar su logion invertido ante un auditorio que oía Χριστός y Χρηστός como una sola palabra, muy probablemente explotaba a sabiendas.
Este dato merece dos precisiones filológicas que, lejos de debilitar el argumento, lo vuelven más sólido. Primero, dado que el canon marcionita no incluía el Evangelio de Mateo —Marción transmitió un único evangelio, muy próximo a Lucas, junto con el Apostolikon paulino—, esta cita de un logion mateano por boca de un discípulo de Marción no puede ser evidencia textual directa del Evangelio propio de Marción, y Roth, siguiendo el criterio metodológico ya establecido por Schmid, excluye deliberadamente esta y otras citas de versículos ajenos a Lucas de su tabla de lecturas reconstruidas del Evangelio marcionita, por tratarse de testimonios "cuestionables" cuando el Diálogo de Adamancio no es corroborado por Tertuliano o Epifanio (Roth, 2015, p. 38, n. 160; p. 49, n. 15). Segundo, y esto es lo decisivo, precisamente por no ser una lectura inventada ad hoc por Roth ni por nosotros, sino un dato que el propio disputante marcionita del siglo IV invoca como si fuera axiomático en la disputa, esta "versión alterada" demuestra que la inversión semántica de πληρῶσαι/καταλῦσαι —ya fuera esta memorizada, citada de memoria con error deliberado, o transmitida por una rama del corpus polémico marcionita ajena a la Vorlage lucana— circulaba como lugar común argumentativo entre los herederos teológicos de Marción varios siglos después de su muerte. Que semejante inversión se conservara con tanta tenacidad retórica, pese a no pertenecer al evangelio que Marción efectivamente transmitía, revela cuán extendida estaba la convicción, entre los círculos marcionitas, de que Yeshú se había desligado de la Torá; tan extendida que sus herederos doctrinales seguían defendiendo esa lectura incluso echando mano de un evangelio (Mateo) que su propio fundador había descartado del canon.
Más significativo todavía, porque aquí sí hablamos del propio Evangelio de Marción y no de un testimonio lateral del Diálogo de Adamancio, es lo que Epifanio de Salamina documenta en su Panarion 42.11.6 y 42.11.17 a propósito de Lucas 23:2. Según el escolio sesenta y nueve (Σχ. ξθ) y su correspondiente elenco refutatorio, el Evangelio de Marción añadía, a las tres acusaciones canónicas que los cohanim presentan contra Yeshú ante Pilato, una cuarta acusación explícita:
“τοῦτον εὕρομεν διαστρέφοντα τὸ ἔθνος καὶ καταλύοντα τὸν νόμον καὶ τοὺς προφήτας... κωλύοντα φόρους δοῦναι... καὶ ἀποστρέφοντα τὰς γυναῖκας καὶ τὰ τέκνα…”
(A este hemos hallado pervirtiendo a la nación y destruyendo la Ley y a los Profetas... impidiendo pagar los tributos... y apartando a las mujeres y a los hijos...) (Roth, 2015, pp. 336–337).
Roth observa, con el rigor propio de su método, que esta adición marcionita no debe descartarse como mera invención tendenciosa: la cláusula “destruyendo la Ley y los Profetas” tiene puntos de contacto documentados con varios manuscritos de la Vetus Latina (los códices e, b, c, ff2, gat, i, y algunos manuscritos de la Vulgata), lo cual sugiere que la acusación circulaba, en alguna forma, en una corriente textual occidental más amplia que el propio marcionismo, y no fue una invención sui generis de Marción (Roth, 2015, pp. 336–337). Dicho de otro modo: la acusación de que Yeshú “destruía la Ley y los Profetas” no nació en el taller redaccional de Marción; Marción, en el mejor de los casos, preservó una tradición textual ya existente que la Gran Iglesia optó por eliminar de la corriente que terminaría por imponerse como el texto bizantino y alejandrino de Lucas.
La restitución de esta misma acusación a su probable sustrato semítico no es un ejercicio decorativo, sino una prueba adicional —y quizás la más contundente— de convergencia documental independiente. El cargo completo que Epifanio conserva contra Yeshú ante Pilato dice:
—ἔρξαντο . . . κατηγορεῖν . . . τοῦτον εὕρομεν διαστρέφοντα τὸ ἔθνος . . . καὶ καταλύοντα τὸν νόμον καὶ τοὺς προφήτας . . . (κωλύοντα φόρους . . . διδόναι) καὶ ἀποστρέφοντα τὰς γυναῖκας καὶ τὰ τέκνα . . . λέγοντα ἑαυτὸν {βασιλέα Χριστόν} . . .
Cuya traducción al hebreo es:
התחילו להאשים... אֶת-זֶה מָצָאנוּ מַשְׁחִית אֶת-הָעָם... וּמַבְטֵל אֶת-הַתּוֹרָה וְאֶת-הַנְּבִיאִים... (מוֹנֵעַ מִלְשַׁלֵּם מַסִּים...) וּמַרְחִיק אֶת-הַנָּשִׁים וְאֶת-הַיְלָדִים... אוֹמֵר עַל עַצְמוֹ {מֶלֶךְ הַמָּשִׁיחַ...}
(Traducción: ‘Comenzaron a acusar... Hemos encontrado a este pervirtiendo al pueblo [de Israel]... y derogando la Torah y los profetas... (impidiendo pagar impuestos)... y apartando a las mujeres y los niños... diciendo que él mismo es {el rey Mashiaj}....)
-Marc. 4.42.1, Pan. 42.11.6 (69, 70). Cf. Roth, D. T. (2015). The Text of Marcion’s Gospel. Brill. pp.433-434.
Lo notable es que esta misma estructura acusatoria —un hombre que corrompe y descarría a los suyos, y que por ello debe ser entregado a juicio— reaparece con independencia documental casi total en el Tathbīt de ʿAbd al-Jabbár, donde una fuente judeocristiana temprana pone en boca de los acusadores:
وَقَالُوا: «هَاهُنَا رَجُلٌ مِنَّا قَدْ أَفْسَدَ أَحْدَاثَنَا وَغَرَّهُمْ، وَلَنَا عَلَيْكَ فِي الشَّرْطِ أَنْ تُمَكِّتَنَا مِنْ هَذِهِ سَبِيلُهُ لِنَقِذَ حُكْمَنَا فِيهِ»
וְאָמְרוּ: הִנֵּה, יֵשׁ אִישׁ מִקִּרְבֵּנוּ שֶׁהִשְׁחִית וְהוֹלִיךְ שׁוֹלָל אֶת-נְעוּרֵינוּ. עַל-פִּי הַתְּנַאי, אַתָּה מְחֻיָּב לְהַעְצִים אוֹתָנוּ עַל מִישֶׁהוּ [שֶׁמִּתְנַהֵג] בְּצוּרָה כָּזוֹ, שֶׁנוּכַל לְהַעֲמִידוֹ לְדִין
(dijeron: “he aquí un hombre de entre nosotros que ha corrompido y engañado a nuestra juventud; según lo estipulado, estás obligado a entregárnoslo, para que podamos hacer justicia”) (Reynolds & Samir, 2010, II:398, p. 72).
Y esta misma estructura —corromper, descarriar, merecer juicio— es precisamente la que preserva el Talmud Bavlí bajo el epíteto técnico הַמַּדִּיחַ (haMadíaj, “el que descarría/seduce [al pueblo]”), aplicado a Yeshú como aquel que llevó a Israel a la idolatría y a la hechicería (T.B. Sotá 47a; Sanhedrín 107a; Sanhedrín 43a, versión Steinsaltz).
Tres corrientes documentales que no dependen la una de la otra —la griega marcionita transmitida por Epifanio, la árabe judeocristiana preservada por ʿAbd al-Jabbár, y la hebrea rabínica del Talmud— convergen así, cada una en su propia lengua y desde su propia agenda teológica, en describir a Yeshú no como un maestro que reformaba la observancia de la Torá desde dentro, sino como una figura que la nación juzgó necesario condenar precisamente por apartar a sus contemporáneos de ella. Para cualquier crítico textual que tome en serio el criterio de independencia de fuentes, semejante convergencia trilingüe sobre el núcleo mismo de la acusación —destrucción/derogación de la Torá, corrupción de la juventud, merecimiento de juicio— es demasiado significativa para descartarse como coincidencia retórica.
Lo verdaderamente revelador es la reacción de Epifanio ante esta acusación conservada en el evangelio de sus adversarios. En su propio elenco refutatorio (42.11.17), Epifanio no niega sin más que la acusación estuviera en el texto; en cambio, argumenta apelando precisamente a la forma canónica —no invertida— de Mateo 5:17:
"αὐτοῦ τοῦ σωτῆρος λέγοντος οὐκ ἦλθον καταλῦσαι τὸν νόμον καὶ τοὺς προφήτας, ἀλλὰ πληρῶσαι"
(“pues el mismo Salvador dice: no vine a destruir la Ley y a los Profetas, sino a cumplirlos”) (Roth, 2015, p. 337).
El argumento de Epifanio es puramente lógico: quien afirma "no vine a destruir" no puede, según él, ser acusado coherentemente de destruir, de modo que la acusación marcionita debe ser una interpolación. Pero adviértase la ironía que este mismo argumento produce contra la posición de Epifanio: para refutar a Marción, el obispo de Salamina se ve obligado a recurrir, en pleno siglo IV, precisamente al mismo logion ambiguo de Mateo 5:17 cuyo significado exacto —cumplimiento como plenitud versus cumplimiento como finalización— es el objeto de nuestra disputa. Epifanio da por sentado que πληρῶσαι excluye la destrucción de la Torá; pero, como hemos demostrado más arriba a partir del campo semántico documentado en Heródoto, Platón y el uso administrativo helenístico del verbo πληρόω, esa exclusión no es en absoluto evidente desde el punto de vista léxico. Epifanio necesitaba que πληρῶσαι significara "dar plenitud sin abolir" precisamente porque la alternativa —que significara "llevar a término y así concluir"— habría vuelto indefendible su propia refutación de Marción. La necesidad polémica de Epifanio de imponer una sola lectura posible del verbo es, en sí misma, un indicio de que la ambigüedad no era inocente ni marginal, sino el punto exacto donde se jugaba la identidad teológica de ambos bandos.
A esta misma conclusión apunta un dato adicional que la reconstrucción de Roth permite recuperar con precisión y que ninguna discusión tradicional sobre Mateo 5:17 suele integrar: el tratamiento que el propio Evangelio de Marción dio a la escena de la sinagoga de Nazaret (Lucas 4:16–30), el pasaje donde, en la versión canónica, Yeshú toma el rollo de Isaías, lee públicamente Isaías 61:1–2 y declara “hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos” (Lucas 4:21), la escena que de manera más explícita ancla a Yeshú en la cadena profética de Israel. Pues bien: según el testimonio combinado de Tertuliano (Adv. Marc. 4.8.2–3) y Epifanio, el Evangelio de Marción transmitía esta perícopa en forma drásticamente abreviada, reteniendo apenas la mención de Nazaret, la referencia al proverbio del médico que debe curarse a sí mismo, el intento de despeñar a Yeshú y su paso indemne entre la multitud, pero omitiendo precisamente el núcleo escritural del pasaje: la lectura pública de Isaías y la declaración de cumplimiento profético (Roth, 2015, pp. 186–187). Harnack ya había notado que el orden de las perícopas en el texto de Marción difiere del canónico, y que la escena de Nazaret aparece descarnada de su contenido profético, reducida a un mero episodio de rechazo local (Roth, 2015, p. 186). Si el propósito narrativo de Lucas 4:16–30 en su forma canónica es, precisamente, mostrar a Yeshú apropiándose de la autoridad de Isaías y proclamándose su cumplimiento viviente, la ausencia de este contenido en la Vorlage marcionita es exactamente lo que cabría esperar de una tradición textual que entendía la misión de Yeshú como una ruptura con la autoridad escritural de Israel, no como su prolongación. La convergencia entre la escena de Nazaret abreviada y la antítesis invertida de Mateo 5:17 no es casual: ambas apuntan, desde ángulos documentales distintos, hacia la misma cristología marcionita de discontinuidad radical.
El verbo πληρόω (plēroō), del cual πληρῶσαι es el infinitivo aoristo activo, tiene un campo semántico amplio y complejo en el griego helenístico. Según el Liddell-Scott-Jones, el léxico estándar para el griego clásico y helenístico, πληρόω significa fundamentalmente “hacer lleno, llenar, completar”. Entre sus acepciones documentadas se encuentran: llenar completamente de una sustancia (con genitivo), saciar o hartar, tripular naves, completar períodos de tiempo, pagar en su totalidad, cumplir promesas u obligaciones, y llevar algo a su término o finalización. Esta última acepción es particularmente relevante. En Heródoto 6.63, por ejemplo, encontramos "τοὺς δέκα μῆνας πληρῶσαι" (completar los diez meses), donde el sentido claramente es que el período de tiempo llega a su fin. En contextos legales y administrativos, πληρόω se usa para "completar el tiempo de una condena" (τὸν τῆς καταδίκης χρόνον πληρῶσαι), es decir, cumplir la sentencia hasta que expire. En Platón, Leyes 866a, encontramos "πληρῶσαι τοὺς χρόνους" (completar los tiempos), y en Timeo 39d, "πληρῶσαι τὸν ἐνιαυτόν" (completar el año). En todos estos casos, el verbo πληρόω implica llevar algo a su plenitud y, por tanto, a su conclusión natural. Conviene además notar, en el terreno de la recepción latina de este debate, que el propio Tertuliano, al parafrasear en 4.33.9 de su Adversus Marcionem el dicho paralelo de Lucas 16:17, emplea el verbo transeat (de transire, "pasar", "expirar", "llegar a su fin") para referirse tanto al cielo y la tierra como a la lex et prophetae:
"Transeat igitur caelum et terra citius, sicut et lex et prophetae, quam unus apex verborum domini"
(Que antes pasen el cielo y la tierra, así como la ley y los profetas, que una sola tilde de las palabras del Señor) (Roth, 2015, p. 239).
El latín transire pertenece exactamente al mismo campo semántico que el griego πληρόω en su acepción temporal: ambos verbos, aplicados a la Ley, connotan el agotamiento de un período, no su perpetuación.
La cuestión crucial es esta: cuando se aplica πληρῶσαι a la Torá, o más problemáticamente al νόμος (que puede significar derecho consuetudinario gentil), ¿qué significa exactamente? ¿Significa darle plenitud de sentido, como argumenta la interpretación cristiana tradicional? ¿O significa completar su curso, llevarla a su término, acabar con ella? Filológicamente, ambas interpretaciones son perfectamente legítimas. El problema para las corrientes que insisten en la continuidad de la Torá es que la segunda interpretación no es una lectura forzada o caprichosa del texto, sino una aplicación perfectamente natural del significado documentado de πληρόω en contextos temporales y legales. Cuando uno "completa" un período de tiempo, ese período termina. Cuando uno "completa" una obligación contractual, el contrato expira. Cuando uno "completa" una sentencia judicial, la condena acaba. Aplicado a la Torá, πληρῶσαι puede significar legítimamente "llevar a su cumplimiento final", es decir, a su terminación.
Esta ambigüedad no es accidental ni trivial. Representa una tensión teológica fundamental en el cristianismo primitivo respecto a la relación entre el mensaje de Yeshú y la Toráh. Esta tensión se hace aún más evidente cuando examinamos otras fuentes que abordan el mismo tema. El Talmud Bavlí Shabat 116a-b, preserva una tradición sobre lo que Yeshú supuestamente dijo respecto a la Torá:

"לא למיפחת מן אורייתא דמשה אתיתי [ולא] לאוספי על אורייתא דמשה אתיתי"
(‘No vine a restar de la Torá de Moisés (Oraita dMoshe), ni vine a añadir a la Torá de Moisés’).
Esta formulación es radicalmente diferente tanto de la versión canónica como de la marcionita. Aquí no hay mención de "destruir" ni de "cumplir/completar", sino una afirmación neutral de que Yeshú no alteraba en nada la Toráh. Esta versión talmúdica puede representar una tradición semítica independiente, una reformulación polémica rabínica, o evidencia de que circulaban múltiples versiones del dicho desde muy temprano. Lo que es innegable es que la formulación con πληρῶσαι no era la única forma en que se transmitía esta enseñanza, y que la comunidad rabínica consideró necesario preservar una versión que eliminara completamente la ambigüedad del término griego.
La perspectiva marcionita sobre Mateo 5:17, incluso cuando lee la versión canónica del texto, es instructiva. Desde el punto de vista filológico marcionita, πληρῶσαι se leería como "completar/terminar/llevar a su fin", específicamente en el sentido de llevar algo a su cumplimiento final. La distinción clave que los marcionitas habrían hecho es entre καταλῦσαι (destruir violentamente, arbitrariamente, sin propósito) y πληρῶσαι (completar su curso natural, llevar a término, acabar). El argumento sería: “No penséis que vine a destruir prematuramente la Ley o los Profetas; no vine a destruirla sino a completarla, llevándola a su término definitivo”. Para un marcionita, esto significaría que la Torah tuvo su tiempo y propósito bajo el Demiurgo, que Yeshú vino a completar ese ciclo, es decir, a terminarlo de manera ordenada, y que completar no equivale a perpetuar. Una vez completado algo, ya no sigue vigente. El cumplimiento es su terminación, como cuando se "completa" un período de tiempo en Heródoto, lo que significa que ya terminó.
La ironía devastadora es que, filológicamente, ambas lecturas del texto conducen al mismo resultado práctico. Si uno lee la versión canónica con πληρῶσαι interpretado como "completar/terminar", la conclusión es que la Ley ya no está vigente porque ha sido completada, es decir, llevada a su fin. Si uno lee la versión marcionita —tanto la que transmite el propio evangelio de Marción en su acusación añadida de Lucas 23:2, como la inversión del logion mateano que sus discípulos seguían invocando generaciones después en el Diálogo de Adamancio— con καταλῦσαι, la conclusión es que la Torah ya no está vigente porque ha sido destruida. En ambos casos, el resultado final es el mismo: la Torá ha dejado de tener autoridad vinculante sobre los seguidores de Yeshú. La diferencia es meramente de matiz y énfasis, no de sustancia teológica.
Esta conclusión se ve reforzada dramáticamente cuando examinamos otro pasaje del evangelio marcionita cuya reconstrucción exige el máximo cuidado filológico, precisamente porque aquí el propio Roth, en su calidad de crítico textual, se muestra deliberadamente cauto, y esa misma cautela académica, lejos de debilitar nuestro argumento, lo fortalece al despojarlo de todo sensacionalismo. En Lucas 16:17, Tertuliano parafrasea el dicho marcionita en 4.33.9 con las palabras ya citadas más arriba, y Harnack, en su reconstrucción clásica del evangelio de Marción, propuso restituir el griego subyacente como
“εὐκοπώτερον (δέ ἐστιν) τὸν οὐρανὸν καὶ τὴν γῆν παρελθεῖν ἢ τῶν λόγων μου μίαν κεραίαν (πεσεῖν)”
(‘Más fácil es que pasen el cielo y la tierra que caiga una sola tilde de mis palabras’) (Roth, 2015, p. 239).
Lo decisivo, como señala Roth, es que esta lectura sustituye el genitivo canónico τοῦ νόμου (de la Ley) por τῶν λόγων μου (de mis palabras), una variante que no está atestiguada en ningún otro testigo textual conocido (Roth, 2015, p. 239). Harnack, Tsutsui y Braun atribuyeron esta sustitución a una alteración tendenciosa del propio Marción, mientras que Wright ha objetado, con no poca razón, que el argumento retórico de Tertuliano en ese mismo pasaje —que enseguida cita Isaías 40:8, “la palabra de nuestro Dios permanece para siempre”— podría haber contaminado la formulación, de modo que el peso exacto de la variante no puede atribuirse con absoluta certeza al propio Marción y no a la pluma polémica de Tertuliano (Roth, 2015, p. 239). Roth concluye, con la honestidad metodológica que distingue a su obra, que “la redacción precisa de Marción no puede establecerse con certeza” en este punto (Roth, 2015, p. 240). Ahora bien: precisamente esta incertidumbre textual, lejos de neutralizar el argumento, lo intensifica desde una perspectiva más sofisticada, porque muestra que la sustitución de "la Ley" por "mis palabras" era una posibilidad tan verosímil dentro del universo textual marcionita —fuera obra de Marción, de un copista marcionita posterior, o incluso, en la lectura más conservadora, un eco retórico de Tertuliano sobre un texto marcionita que en efecto desplazaba el énfasis fuera de la Torá— que ni el más riguroso de los reconstructores modernos puede descartarla sin más. En cualquiera de esos tres escenarios, lo que emerge es una comunidad cristiana del siglo II para la cual la permanencia eterna de "mis palabras" (τῶν λόγων μου) resultaba, cuando menos, tan defendible como la permanencia de τοῦ νόμου, un desplazamiento de autoridad que sería inconcebible si la Torá hubiese conservado, en esas mismas comunidades, su vigencia normativa intacta.
Aún más revelador es Lucas 23:2 en el Evangelio de Marción, tal como lo documenta Epifanio en Panarion 42.11.6 y 42.11.17, ya citado más arriba. Esta acusación de:
“καὶ καταλύοντα τὸν νόμον καὶ τοὺς προφήτας”
(y destruyendo la Ley y a los Profetas)
No aparece en ningún manuscrito canónico griego de Lucas que haya prevalecido en la tradición bizantina o alejandrina, aunque sí guarda, como hemos visto, puntos de contacto con testigos de la Vetus Latina (Roth, 2015, pp. 336–337). Los marcionitas consideraban que esta acusación era auténtica y que había sido suprimida por los redactores de la Gran Iglesia precisamente porque era verdadera. Desde la perspectiva marcionita, los judíos acusaron a Yeshú de destruir la Toráh porque eso es exactamente lo que él estaba haciendo. La acusación era correcta, aunque los acusadores no comprendían que la destrucción de la Toráh del "Demiurgo" era precisamente la misión "salvífica" de Yeshú.
Desde un punto de vista judío tradicional, esta lectura marcionita del ministerio de Yeshú no es en absoluto sorprendente ni inverosímil. Si Yeshú verdaderamente estaba predicando la abolición de la Toráh, es perfectamente lógico que las autoridades judías lo acusaran de ello ante Pilato, y es igualmente lógico que la redacción de la escena de Nazaret circulara, en el estrato textual marcionita, despojada precisamente de la escritura profética que la Gran Iglesia necesitaba para narrar a un Yeshú continuador de Isaías. La pregunta incómoda que esto plantea a los movimientos de Raíces Hebreas, cristianos mesiánicos, y diversas corrientes protestantes y católicas que insisten en alguna forma de continuidad con la Torá es: ¿por qué tanto el Diálogo de Adamancio como el Evangelio utilizado por Marción, en dos estratos documentales independientes y con distinto grado de fiabilidad textual, coinciden en preservar, cada uno a su manera, la misma acusación de destrucción de la Ley, si no había una tradición muy fuerte en las comunidades primitivas de que Yeshú efectivamente había venido a abolir la Torá? Si la posición unánime de todas las comunidades cristianas primitivas hubiera sido que Yeshú vino a confirmar y perpetuar la Torá, ¿de dónde habría surgido, y por qué habría sobrevivido durante siglos, la versión marcionita? La respuesta más probable es que existía una corriente muy significativa en el cristianismo primitivo, quizás la corriente mayoritaria en ciertas regiones, que entendía el mensaje de Yeshú precisamente como una ruptura radical con la Toráh.
La interpretación tradicional cristiana de Mateo 5:17, que sostiene que Yeshú vino a dar "plenitud de sentido" a la Toráh sin abolirla, enfrenta serios problemas textuales e históricos. Primero, esta interpretación debe explicar por qué πληρῶσαι, cuando se aplica a períodos de tiempo o a obligaciones contractuales en la literatura griega helenística —y por qué el propio verbo latino transeat, con el que Tertuliano parafrasea el dicho paralelo sobre la Ley y los Profetas—, consistentemente significa "llevar a su término", es decir, a su finalización. Segundo, debe explicar por qué una corriente tan significativa del cristianismo primitivo, representada por Marción y sus seguidores durante generaciones, entendió el mensaje de Yeshú de manera radicalmente opuesta, y por qué el propio Epifanio, para refutarlos, se vio obligado a presuponer sin argumentar una única lectura posible de un verbo genuinamente ambiguo. Tercero, debe explicar por qué los propios textos canónicos del Nuevo Testamento, particularmente las cartas de Pablo, presentan una actitud hacia la Toráh que es, en el mejor de los casos, profundamente ambivalente, y en el peor, abiertamente hostil. Pablo declara en Gálatas 3:13 que "Cristo nos redimió de la maldición de la Ley", en Romanos 7:6 que "ahora estamos libres de la Ley", y en Efesios 2:15 que Yeshú "abolió en su carne la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas". Estos pasajes paulinos son extremadamente difíciles de reconciliar con la idea de que la Torá sigue siendo vinculante para los seguidores de Yeshú.
La respuesta típica de los movimientos de Raíces Hebreas y mesiánicos a estos pasajes paulinos es argumentar que Pablo se refería solo a la "Torá oral" o a las "tradiciones de los ancianos", no a la Torá escrita misma. Sin embargo, esta interpretación es insostenible filológicamente. Cuando Pablo usa el término νόμος (nomos) en sus cartas, se refiere consistentemente a la Torá en su totalidad, incluyendo los mandamientos éticos, ceremoniales y civiles. La distinción rabínica posterior entre Torá escrita y Torá oral no existía todavía en la forma en que estos movimientos la entienden, y ciertamente no es lo que Pablo tiene en mente cuando habla de la "ley de los mandamientos expresados en ordenanzas" que Yeshú abolió. Además, si Pablo realmente creía que los gentiles convertidos debían observar la Toráh, ¿por qué se opuso tan vehementemente a la circuncisión de los gentiles en Gálatas 5:2-3, donde declara: "Si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo. Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley"? Esta declaración solo tiene sentido si Pablo considera que la observancia de la Torá y la fe en Yeshú son mutuamente excluyentes para los gentiles, y probablemente también para los judíos que han aceptado el mensaje cristiano.
Más problemático aún para las interpretaciones que buscan mantener la continuidad con la Torá es el hecho de que el término νόμος mismo, como se ha señalado, tenía connotaciones en el mundo judeo-helenístico que no se correspondían perfectamente con la Torá. Si Yeshú habló en arameo y usó términos como נָמוּסָא (namusah), que específicamente designaba costumbres gentiles o paganas, entonces toda la discusión sobre si vino a "destruir" o "cumplir" el νόμος podría no tener nada que ver con la Torá en absoluto. Esta posibilidad, aunque especulativa, debe tomarse en serio porque revela cuán problemática es la transmisión del mensaje de Yeshú desde un contexto arameo/hebreo a un contexto griego. Los redactores griegos de los evangelios enfrentaron el dilema de traducir conceptos semíticos a un público helenístico, y en el proceso, inevitablemente introdujeron ambigüedades y distorsiones semánticas que han perseguido la interpretación cristiana durante dos milenios.
La interpretación católica tradicional, que sostiene que Yeshú cumplió la Ley antigua y estableció una "nueva ley" centrada en el amor, es más sofisticada pero igualmente problemática. Esta posición reconoce implícitamente que la Toráh ha sido de alguna manera superada o reemplazada, pero intenta suavizar esto hablando de "cumplimiento" en lugar de "abolición". Sin embargo, si la Toráh ha sido "cumplida" de tal manera que sus mandamientos específicos ya no son obligatorios, ¿en qué sentido significativo sigue siendo "ley"? La respuesta católica es que los principios morales universales de la Toráh permanecen, pero las ceremonias y leyes civiles específicas han sido abrogadas. Pero esta distinción entre ley moral y ley ceremonial es una construcción teológica posterior que no se encuentra en el propio texto de la Toráh, donde los mandamientos éticos y ceremoniales están entremezclados sin distinción de categoría. Además, esta interpretación debe enfrentar el problema de que muchos de los "principios morales" que el catolicismo afirma retener de la Toráh han sido, de hecho, radicalmente reinterpretados o incluso invertidos por Yeshú mismo. El mandamiento de "ojo por ojo" es explícitamente rechazado en Mateo 5:38-39. Las leyes de pureza alimentaria son declaradas nulas en Marcos 7:19. El sábado es relativizado en múltiples ocasiones cuando Yeshú declara que “el Hijo del Hombre es señor del shabat” (Marcos 2:28).
Los movimientos protestantes presentan un espectro aún más amplio de interpretaciones, desde aquellos que, como los dispensacionalistas, reconocen abiertamente que la Ley mosaica ha sido abolida para la era de la iglesia, hasta aquellos que, como los teonomistas, insisten en que la ley de Dios revelada en la Toráh sigue siendo el estándar de justicia para todas las sociedades. Sin embargo, incluso entre los protestantes más conservadores que afirman la continuidad de alguna forma de "ley moral", existe un reconocimiento implícito de que la Toráh como sistema legal unificado ha dejado de ser operativa. Ningún protestante serio argumenta que los cristianos deben observar las leyes de sacrificios, las leyes de pureza ritual, o las leyes civiles específicas del antiguo Israel. La pregunta es: si estas partes de la Torá han sido abolidas, ¿sobre qué base textual o teológica se puede argumentar que otras partes permanecen? La Torá misma no se presenta como un menú del cual uno puede seleccionar los mandamientos que prefiere observar. Santiago 2:10 reconoce este problema cuando declara: “Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos”.
La realidad incómoda que emerge de un examen honesto de las fuentes es que tanto la interpretación canónica como la marcionita de Mateo 5:17 conducen a la misma conclusión práctica: la Torá mosaica, como sistema legal vinculante, ha llegado a su fin con la venida de Yeshú (Jalilah). La diferencia entre las dos interpretaciones es meramente de presentación retórica. Los marcionitas lo dijeron explícitamente, y lo hicieron en dos niveles documentales distintos pero convergentes: en el propio Evangelio que Marción transmitía, mediante la acusación añadida en Lucas 23:2 de “καταλύοντα τὸν νόμον καὶ τοὺς προφήτας” (Roth, 2015, pp. 336–337), y en la tradición polémica posterior de sus discípulos, que en el Diálogo de Adamancio seguían invocando una versión invertida del logion mateano para argumentar exactamente lo mismo (Roth, 2015, p. 49, n. 15). La Gran Iglesia lo expresó de manera más sutil: Yeshú vino a "cumplir" la Torá, llevándola a su plenitud y, por tanto, a su terminación; y cuando esa misma Gran Iglesia, en la persona de Epifanio, necesitó defender esa lectura frente a Marción, tuvo que presuponer sin demostrar que πληρῶσαι solo podía significar continuidad, nunca finalización (Roth, 2015, p. 337). Pero el resultado final es idéntico: los seguidores de Yeshú no están obligados a observar los mandamientos de la Toráh.
Los movimientos contemporáneos de Raíces Hebreas y mesiánicos cometen el error fundamental de confundir el origen judío del cristianismo con la continuidad de la observancia de la Torá. Es cierto que Yeshú era judío, un mamzer y un mumar, que sus primeros seguidores eran judíos (pritzim), y que el cristianismo emergió del judaísmo del Segundo Templo. Pero de esto no se sigue que el cristianismo mantuviera la observancia de la Torá como característica definitoria. De hecho, la evidencia histórica sugiere exactamente lo contrario: el cristianismo se distinguió del judaísmo precisamente por su rechazo de la necesidad de observar la Toráh para la “salvación”. Esta fue la controversia central de la era apostólica, como lo documenta el libro de Hechos de los Apóstoles en el concilio de Jerusalén (Hechos 15), y como lo confirman las cartas de Pablo, particularmente Gálatas. La decisión del concilio de Jerusalén de no requerir el Brit Milah (la circuncisión) de los gentiles convertidos fue el momento decisivo en el que el cristianismo comenzó su trayectoria hacia convertirse en una religión separada del judaísmo.
La palabra πληρῶσαι permanece como un recordatorio lingüístico de esta verdad incómoda: cumplir algo completamente significa, inevitablemente, llevarlo a su fin. Cuando se "cumple" un contrato, el contrato termina. Cuando se "cumple" una sentencia, la condena acaba. Cuando se "cumple" un período de tiempo, ese tiempo expira. No hay razón filológica para suponer que "cumplir" la Torá signifique algo diferente. El uso consistente de πληρόω en la literatura griega helenística para indicar la finalización de períodos temporales y obligaciones legales no puede ser ignorado, como tampoco puede ignorarse que el propio Tertuliano, defensor de la Gran Iglesia, recurriera al verbo latino transeat —"pasar", "expirar"— precisamente para parafrasear el dicho sobre la permanencia de la Ley frente a la permanencia de las palabras del Señor (Roth, 2015, p. 239). Los cristianos primitivos que hablaban griego habrían entendido πληρῶσαι en este sentido natural: llevar a su término, completar, acabar. Solo posteriormente, cuando la iglesia gentil necesitó justificar su ruptura con la Toráh mientras mantenía alguna forma de continuidad con las escrituras judías, se desarrolló la teología sofisticada del "cumplimiento" como "dar plenitud de sentido" en lugar de "llevar a su conclusión".
La evidencia patrística de la controversia marcionita demuestra que en el siglo II, apenas cien años después de la muerte de Yeshú, ya existían interpretaciones radicalmente divergentes de su relación con la Torá, y que esa divergencia dejó huellas textuales verificables: en la reconstrucción minuciosa que Roth ofrece del Evangelio de Marción, en la acusación conservada por Epifanio, en la escena de Nazaret despojada de su cita profética, y en el eco polémico que sus discípulos seguían defendiendo generaciones después ante Adamancio. Los marcionitas acusaban explícitamente a la Gran Iglesia de haber suprimido de Lucas la acusación judía de que Yeshú destruía la Ley y los Profetas; los proto-ortodoxos, por su parte, acusaban a Marción de haber mutilado las escrituras para que se conformaran a su teología dualista. Ambos bandos acusaban al otro de corrupción textual. Esta batalla textual no era periférica sino central a la identidad cristiana emergente. La pregunta "¿qué hizo Yeshú con la Toráh?" era la pregunta fundamental que determinaba qué tipo de religión sería el cristianismo: una secta reformista dentro del judaísmo, o una religión universal independiente del judaísmo.
La respuesta histórica a esta pregunta es clara: el cristianismo eligió ser una religión universal independiente del judaísmo, y esta elección requirió la abolición de la observancia obligatoria de la Toráh. Los movimientos contemporáneos que intentan revertir esta decisión histórica fundamental no están "restaurando" el cristianismo primitivo; están intentando crear algo que nunca existió de manera estable: un cristianismo que sea simultáneamente fiel a Yeshú como mesías y fiel a la Toráh como ley vinculante. El cristianismo primitivo enfrentó esta misma tensión y la resolvió, de manera más o menos explícita dependiendo de la corriente, en favor de la discontinuidad con la Toráh. Los marcionitas lo hicieron explícita y radicalmente, y lo sostuvieron con una tenacidad documental que la crítica textual moderna, lejos de disolver, ha terminado por confirmar en sus puntos más sólidos. Los proto-ortodoxos lo hicieron de manera más sutil a través de la teología del cumplimiento. Pero ambos llegaron al mismo destino práctico.
La palabra πληρῶσαι en Mateo 5:17, con toda su ambigüedad semántica, su historia de interpretaciones conflictivas, y su contexto en las controversias textuales del cristianismo primitivo que la crítica textual contemporánea permite hoy reconstruir con un detalle que Zahn y Harnack apenas vislumbraron, permanece como un monumento lingüístico a esta verdad fundamental: el cristianismo nació de una ruptura con la Toráh, y cualquier intento de negar o minimizar esta ruptura requiere una violencia hermenéutica a los textos que es insostenible para cualquiera que examine la evidencia honestamente. Los movimientos de Raíces Hebreas, los cristianos mesiánicos, y las corrientes católicas y protestantes que buscan mantener alguna forma de continuidad con la observancia de la Torá están nadando contra la corriente de dos mil años de historia cristiana y contra el testimonio claro de las fuentes más antiguas. La evidencia filológica, patrística, talmúdica y marcionita converge en una sola conclusión: la Ley mosaica ya no tiene vigencia para los seguidores de Yeshú, independientemente de si uno interpreta πληρῶσαι como "destruir" o como "cumplir", porque ambas interpretaciones conducen inexorablemente al mismo resultado final.
Fuentes:
Roth, D. T. (2015). The Text of Marcion's Gospel (New Testament Tools, Studies and Documents, Vol. 49). Brill.
Van de Sande Bakhuyzen, W. H. (Ed.). (1901). Der Dialog des Adamantius περὶ τῆς εἰς θεὸν ὀρθῆς πίστεως. J.C. Hinrichs.
Harnack, A. von. (1924). Marcion: Das Evangelium vom fremden Gott. J.C. Hinrichs.
Reynolds, G. S., & Samir, S. K. (2010). Abd al-Jabbar, Critique of Christian Origins. Brigham Young University Press.